lunes, 27 de noviembre de 2017

ALZAR EL VUELO

A pesar de su juventud, la mochila que carga a su espalda ya está abultada de amargas experiencias. Hija de una familia desestructurada, con un padre alcohólico que, cuando volvía de sus correrías, no tenía más obsesión que usar a su madre como frontón donde estrellar toda su amargura con insultos, reproches injustificados y celos enfermizos. Lo que empezaba en ataques verbales, inevitablemente  se transformaban en golpes físicos  que su madre soportaba indefensa;  en parte por miedo, en parte por proteger a su hija del monstruo en que se había transformado su marido; alguien irreconocible, sin alma, sin corazón, casi un demonio al que creía capaz de cualquier cosa.
 
Un día cualquiera en el transcurso del combate desigual, mientras ella, obligada espectadora  del mismo desde su escondite debajo de la cama, con las dos manos tapando los oídos para amortiguar las voces y los ojos apretados para no  ver la terrible escena; escuchó un golpetazo, seguido de un silencio atronador; en aquella ocasión, el puñetazo que su padre asestó a su madre fue tan fuerte, que la derribó al suelo; en la caída se golpeó la cabeza, partiéndose el cuello con el taburete de la cocina. El mismo en el que ella se sentaba para desayunar, antes de ir al cole.
Desde ese día todo cambió, su padre fue detenido y enviado a prisión y a ella,  al no tener familia que se hiciera cargo de su situación, la enviaron a un centro de menores.

Al poco de estar allí, una familia de acogida se hizo cargo de ella; ofreciéndole un hogar cálido donde poder crecer rodeada de amor, como la mayoría de los niños.
Realmente nunca le faltó de nada en esa nueva casa. Sus padres de  acogida fueron siempre muy pacientes y comprensivos con ella. Su amor por aquella desconocida huérfana era casi incondicional. Con su dedicación y ayuda de psicólogos fue sobreviviendo a su trauma.

Todos podemos imaginar que el  dolor por  la pérdida de una madre a manos de tu propio padre, es una injusticia difícil de asimilar para cualquier persona, pero  cuando la protagonista de tan abominable hecho es una niña de tan solo siete años, la dimensión de lo ocurrido adquiere un especial dramatismo.
Ese dolor, al que la pequeña apenas es capaz de poner nombre ni transmitir, debido al desconocimiento y falta de experiencia en la vida que la proporcione herramientas para  identificarlo, fue sin duda, la gasolina que avivaba la rebeldía con la que se enfrentaba a los demás.
Evidentemente, había sido una niña difícil de criar. Pero en su pubertad afloró su verdadera naturaleza indomable. La adolescencia no fue fácil ni para ella, ni para sus tutores de acogida, su carácter duro e inconformista, era el causante principal de todos los líos en  que se veía envuelta.
 
Fueron pasando los años y con ellos, se fue aplacando la furia que la devoraba por dentro.  Sin duda, en ello tuvo mucho que ver el apoyo y la comprensión de aquellos que, desde el primer día la acogieron como a una hija. Nunca  tuvieron en cuenta ni sus rabietas, ni su permanente mal humor, ni sus desplantes.  Lo que sí tuvieron fue una paciencia infinita,  para esperar a que esa niña enfadada con la vida, aprendiera a expresar su dolor y aceptara su ayuda.
Se podría decir que a partir del momento en que se despojó de toda la ira acumulada, fue cuando dejó de sobrevivir para empezar a vivir de nuevo. Ellos la proporcionaron  los instrumentos para valerse por sí misma, pero ella poseía la fuerza interior y la determinación para conseguir lo que se propusiera.
Una vez escuchó decir: “lo que no te mata, te hace más fuerte”, desde entonces adoptó ese lema como una premisa en su vida.

Ya cumplida su mayoría de edad, es capaz de afrontar una nueva vida sin miedo. Las maletas dispuestas en la puerta, son un indicio inequívoco de que está preparada para alzar el vuelo y abandonar el nido que, unos perfectos desconocidos en su enorme generosidad, habían construido para protegerla justo en el momento que más lo necesitaba.
Ahora es una persona nueva que acepta su pasado, mira cara a cara al presente y sonríe esperanzada a su futuro.
Con paso firme y decidido sale a enfrentarse al mundo, mientras sus padres de acogida desde el umbral de la puerta, la ven alejarse  con una mezcla de tristeza y orgullo.

7 comentarios:

  1. Recientemente se ha conmemorado el día de la violencia de género. Ojalá nunca más tengamos que necesitar un día para recordar que existe violencia contra la mujer dentro del ámbito familiar. Cuando el maltrato es la tónica general, la convivencia se hace imposible e insoportable, el miedo lo inunda todo y los hijos automáticamente, también se convierten en víctimas.
    Así y mucho peor es como, en muchos casos lo describen las víctimas.
    Aquí va mi homenaje a todas ellas.
    Está hecho con todos mis respetos, espero que os guste.
    Besitos mil

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  2. Dentro de la desgracia la protagonista tuvo suerte, no todos los padres de acogida saben hacer frente a los desarraigos de una niña que ha sufrido lo indecible. Parece que no somos capaces de acabar con esta lacra.
    Y si me ha gustado, lo has contado sin estridencias, con las descripciones justas y con claridad. Un abrazo

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    1. Gracias por tus comentarios Ester, siempre es un placer que valoren tu trabajo.
      Besos mil

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  3. Un relato precioso y me ha impresionado la imagen de q la madre se parte el cuello contra el taburete dónde ella desayunaba.Un bs

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    1. Hola Marisol, como siempre digo, es un placer que me leáis y recibir vuestros comentarios. Siempre intento tratar a mis protagonistas con todo el cariño y respeto posibles, máxime tratando temas tan delicados como éste. Me alegro que te haya gustado.
      Besos mil

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  4. Hola Conchi. Todo lo que se relaciona con maltrato y abandono es en esencia desgarrador porque suele tocarnos la fibra, aunque no refleje literalmente nuestra propia experiencia, y coincido con Ester en que lo has narrado en detalle pero sin excesos, gracias por tu delicadeza. Un beso.

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    1. Hola María, muchas gracias por tus palabras. Es un placer recibir vuestros comentarios.
      Besitos

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