miércoles, 19 de febrero de 2014

UN CABALLERO ENAMORADO

        Otro día despierta. Sentado al borde de su cama, Julián un desvelado octogenario, observa cómo poco a poco el cielo se  despoja de  su manta estrellada y generosamente deja al descubierto todo su esplendor azul para regalarnos un hermoso día de sol.
–Es hora de ponerse en marcha – se dice a sí mismo, y con paso lento aunque firme para su edad, comienza su rutina diaria. Después de asearse y desayunar un café con leche acompañado de dos magdalenas y una serie de pastillas interminables para controlar la tensión, la artritis y otros achaques propios de la edad, Julián se encamina a su habitación para vestirse.
        Hoy es jueves. Todos los jueves desde hace dos años y medio tiene una cita ineludible con su adorada Manoli. Sabe que le gusta verle siempre bien vestido y aseado, jamás le perdonaría que se presentara ante ella como si llegara salido de una mina. Por eso elige su mejor traje, aquél azul oscuro que llevó en la boda de Alberto, su nieto mayor y que Manoli le ayudó a elegirlo junto con la camisa azul claro y la corbata color burdeos con dibujitos a juego.
        Para redondear el conjunto, no podía olvidarse del detalle principal, aquél que según palabras textuales de su amor –Es el que distingue un verdadero caballero de un patán –, abre el armario para coger una caja de cartón blanco, de su interior saca una bolsa de fieltro marrón claro que esconde unos lustrosos zapatos color negro azabache. Se nota que son los niños de sus ojos pues la piel brillante y la suela limpia delatan el tiempo que pasa mimándolos, dándoles betún y cepillándolos para que no envejezcan tan rápido como él.
      Después de abrocharse los cordones de los zapatos y echar una última mirada de revista delante del espejo, coge su bastón, inseparable compañero de paseo desde hace algún tiempo,  y sale a la calle con paso decidido en dirección a su esperado encuentro semanal. 
De camino al lugar de la reunión, compra flores en la floristería de siempre, un ramo pequeño aunque muy delicado de margaritas blancas, las preferidas de su enamorada. Mientras la dependienta le cobra, el recuerdo de sus palabras resuenan en su cabeza –Las margaritas son las flores más alegres y generosas, pues son las primeras en anunciarnos la primavera y las últimas en esconderse cuando el frío acecha los campos –.
Al entrar en el recinto de paz y reposo donde le espera su querida Manoli, una oleada de sentimientos agridulces se agolpa en su pecho subiendo inmediatamente como un torrente de lava a su garganta. Julián traga saliva para pasar el mal trago y mirando  sus flamantes zapatos para asegurarse que siguen limpios, se encamina hacia su destino.
En su paseo, mientras disfruta del canto de los pájaros y se refugia en la sombra de los cipreses que vigilan el lugar cual fornidos guardianes del reino, va pensando en lo que le dirá a Manoli cuando se encuentre con ella.
Sumido en sus pensamientos, casi sin darse cuenta llega al lecho donde su amada le está esperando. Cortésmente se muestra delante de ella para que desde allí donde esté vea lo elegante que viste. A continuación  pasa la mano izquierda por el frío mármol para hacer hueco al nuevo ramo de margaritas, se acerca la mano derecha a los labios y le envía un beso suave y cálido como la brisa de una mañana de verano.
Sin más dilación Julián se sienta a su lado y le empieza a contar las buenas nuevas –Manoli mi amor, hoy hace cinco días hemos tenido una biznieta, se llama María, es de nuestro nieto Alberto, la primera de todos los que vendrán. –Con una orgullosa sonrisa continúa –Tiene tus ojos azules y el pelo negro y rizado igual al tuyo. Puedes imaginarte que a pesar de lo pequeña que es, ya me ha robado el corazón –. 
Así, prosigue un largo rato, diciéndole que le echa de menos, contándole cosas cotidianas, lo que ha desayunado esa mañana, lo que cenó anoche o lo que ha visto por las calles mientras llegaba a su encuentro. Pero sobre todo le hace saber que recuerda más que nunca sus consejos y  palabras –Manoli, como verás no he olvidado lo que me pediste y sigo cumpliendo a raja tabla mi promesa, vengo a verte como a ti te gusta, hecho un pincel ¿has visto lo brillantes que están mis zapatos? –como si su interlocutora le hubiera reprendido, replica –Sí, ya lo se, has tenido que venir aquí para que te haga caso, pero no me regañes mujer, que ésta es mi forma de demostrarte la admiración y el amor  que te tengo – con la voz un poco quebrada por la emoción comienza a despedirse –Hasta el jueves que viene amor mío, traeré tus flores favoritas como siempre y vendré con mi traje  nuevo y los zapatos limpios,  para que veas que sigo siendo un caballero –. 
        Con ayuda del bastón, fiel amigo de fatigas, se levanta de su asiento da un beso de despedida al amor de su vida y deshace el camino andado para llegar a su casa.
En la soledad de su hogar comienza a desvestirse. Como si de un ritual se tratara cuelga el traje en el galán para que no se arrugue, tal como hacía su Manoli. Seguidamente coge los zapatos, con esmero comienza a cepillarlos y limpiarlos con crema para sacarles brillo. Con mucho mimo los guarda en su bolsa de fieltro dentro de la caja de cartón blanco y los mete en el armario, donde descansan preparados hasta salir a escena el próximo jueves, pues sin falta tendrán que acompañarle a visitar a su querida esposa, que espera pacientemente la visita de su caballero enamorado.

3 comentarios:

  1. Hace pocos días se celebró San Valentín. Seguid celebrándolo, y no dudéis de que existe el amor verdadero para toda la vida, como el de Julián, nuestro caballero enamorado.

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  2. Un relato precioso, que me ha llegado especialmente porque mi padre tuvo alzheimer y olvidó hasta las cosas más queridas para él. Un beso y sigue escribiendo.
    MARI-SOL

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    1. Es muy gratificante haberte conmovido de esta forma. Gracias por tus palabras.

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