–¿A que no te atreves a tirarte de espaldas desde el
bordillo de la piscina? – le dice
Roberto, un inquieto niño de ocho años a Antonio, su padre, que en ese momento
estaba en la tumbona del jardín echándose una siestecita.
Con la voz y los ojos todavía envueltos en el sopor
de la sobremesa, Antonio contesta –Claro
que me atrevo, pero un poco más tarde, que ahora estoy descansando
.– ¡Ya!, siempre me dices lo mismo y luego no lo
haces, eso es porque tienes miedo – reta Roberto, en un intento por
animar a su padre.
–¿Miedo yo?,
pero si soy capaz de hacer eso y
mucho más, ¿es que ya no te acuerdas quién te enseñó a nadar?
–Sí si me acuerdo, pero nunca te he visto tirarte de
espaldas
–Te prometo que hoy me verás, pero dentro de un rato
¿vale hijo?
–¿Cuándo papá, cuándo?
–Después de que haya echado un sueñecillo aquí a la
sombra, que estoy bastante cansado – le promete, con la esperanza de que se
calle y le deje en paz un ratito.
Sin embargo, la respuesta lejos de calmar, contribuye
a la desilusión de Roberto que responde
con un reproche más que evidente –Sí, el mismo royo de siempre, cuando no estás
cansado es que te duele la cabeza y sino la espalda, el caso es que nunca haces
nada de lo que te pido, ya casi no juegas nunca conmigo.
En ese momento Antonio mira a su hijo y le ve
cabizbajo, sentado en el bordillo de la piscina con los ojos tristones y la boca torcida en una mueca de
enfado.
No soporta
verlo tan decepcionado. Cae en la cuenta
que si sigue así, en breve dejará de ser su héroe y realmente es muy pronto
para ello. Dispuesto a poner remedio a semejante desatino, se levanta de la
hamaca y con paso indeciso se dirige al
borde de la piscina.
Mira con desconfianza el fondo del agua, no quiere
que el pequeño se de cuenta, pero la verdad es que ya no se siente tan ágil,
los cuarenta se le han echado encima sin previo aviso pesándole como una
condena. Teme que una mala caída le lleve directo al hospital y le deje unas
cuantas semanas con una pierna escayolada o algo peor.
Sabe que Rober —pues así es como le llaman todos—,
está observándole con expectación y una triunfante sonrisa iluminándole la cara. No quiere defraudarle,
la rapidez con la que los niños pasan del enfado a las risas tiene que tener su
recompensa y ésta vez será él quien
proporcione ese premio.
Sin darle más vueltas se gira de espaldas, con los
talones casi fuera del bordillo, coge una gran bocanada de aire, da un salto para coger impulso y dando una voltereta en el aire cae al agua
salpicando todo lo que se encuentra a su alrededor, incluido Roberto que no se
había movido ni un milímetro del lugar donde se encontraba.
Al salir a la superficie, una vez que hubo recobrado
el aliento, Antonio vuelve a mirar a su retoño, sólo verle la cara de sorpresa
y felicidad que tenía le provoca tal emoción que le hace gritar como si fuese
un Tarzán acuático, eso por no hablar
del subidón moral que supone haber realizado tal proeza, digna del mayor
funambulista del mundo.
Rober corre al agua a tirarse a los brazos de su
padre a la vez que no cesa de repetir –Hazlo
otra vez papá, enséñame a hacerlo,
quiero ser como tú, quiero hacer lo que tú haces, cuando mis amigos me vean se
morirán de envidia.
Antonio, envalentonado por las risas y los aplausos
de su hijo se dispone a realizar otra vez la hazaña, y no sólo eso, se pasan
toda la tarde jugando juntos y enseñándole distintas formas de tirarse a la
piscina tal como le había pedido.
Pero esta vez el padre no tiene miedo, los besos y
abrazos del hijo son mejor que cualquier medicina y han obrado el milagro de
devolverle a la juventud. Aquella que tan fácilmente había olvidado quedando
relegada a un segundo plano, oculta entre el trabajo, el pago de la hipoteca y
demás preocupaciones de adultos.
A la hora de acostarse, Antonio se
asoma a la habitación de Roberto
tenuemente iluminada por la luz que entra desde el pasillo, oye su respiración,
está profundamente dormido, ha caído rendido como no podía ser menos después de
pasarse toda la tarde jugando en el agua.
Se acerca a su cama para arroparle y darle un beso de buenas noches,
como siempre. Pero ésta noche no es como
todas las demás, algo ha cambiado en su interior, se ha dado cuenta de lo pronto que
pasa el tiempo y se propone hacer mejor uso de él.
En poco tiempo Rober crecerá y ya no querrá pasar
toda la tarde jugando con él. Su cabeza la ocupará otras ilusiones y su corazón
otras personas, así será y así deberá ser, pero éste es su momento y no está
dispuesto a desperdiciar ni un solo minuto más.
Con los ojos brillantes y el corazón lleno de orgullo
por su niño, sale de la habitación cerrando cuidadosamente la puerta para no
despertarlo.
Se dirige a su habitación se mete en la cama y
abrazando a su mujer con firmeza, le susurra –¿No crees que ya es hora de ir a
por la niña? –sorprendida por la inusual aunque deseada petición, su esposa se
gira y mirándose a los ojos, sin necesidad de decir nada más, se funden en un
tórrido beso, cargado de amor y nuevas ilusiones.
Mañana es el día del Padre, con este relato he querido homenajear a todos los padres del mundo que se esfuerzan cada día para ofrecer a sus hijos lo mejor de sí mismos.
ResponderEliminarHola Conchi, es un relato precioso para el día del padre y lleno de razón, porque crecen tan rápido que vale la pena disfrutarlos minuto a minuto. MARI-SOL
ResponderEliminarEs una alegría para mí tus fieles visitas a mi blog. Lo rápido que crecen los hijos... es ley de vida, pero pasa casi sin darnos cuenta, por eso es bueno pararse de vez en cuando y tener en cuenta qué y quienes nos rodean.
EliminarBuenaas :). Me ha gustado mucho tu nuevo relato y sigue escribiendo que algún día llegarás a hacer un libro. Besoos :)
ResponderEliminarMuchas gracias. Me animan a seguir adelante.
EliminarHola, es un relato muy bonito que hacer pensar en lo rápido que pasa el tiempo, el cual tenemos que aprovechar al máximo.
ResponderEliminarUn beso muy fuerte.
El tiempo es algo muy valioso que hay que saber administrar para disfrutar al máximo de las cosas importantes de la vida.
EliminarMuchas gracias por tu comentario.
Muy bien me están gustando todos escribes muy bien me estas enganchando. Besos.
ResponderEliminarMe encanta que te enganches, es muy gratificante para mí que disfrutes con ellos.
ResponderEliminarBesitos guapa