martes, 18 de marzo de 2014

UNA TARDE EN LA PISCINA

–¿A que no te atreves a tirarte de espaldas desde el bordillo  de la piscina? – le dice Roberto, un inquieto niño de ocho años a Antonio, su padre, que en ese momento estaba en la tumbona del jardín echándose una siestecita.
Con la voz y los ojos todavía envueltos en el sopor de la sobremesa, Antonio contesta  –Claro que me atrevo, pero un poco más tarde, que ahora estoy descansando
.– ¡Ya!, siempre me dices lo mismo y luego no lo haces, eso es porque tienes miedo – reta Roberto, en un intento por animar a su padre.
–¿Miedo yo?,  pero si soy capaz de hacer eso  y mucho más, ¿es que ya no te acuerdas  quién te enseñó a nadar?
–Sí si me acuerdo, pero nunca te he visto tirarte de espaldas
–Te prometo que hoy me verás, pero dentro de un rato ¿vale hijo?
–¿Cuándo papá, cuándo?
–Después de que haya echado un sueñecillo aquí a la sombra, que estoy bastante cansado – le promete, con la esperanza de que se calle y le deje en paz un ratito.
Sin embargo, la respuesta lejos de calmar, contribuye a la desilusión  de Roberto que responde con un reproche más que evidente –Sí, el mismo royo de siempre, cuando no estás cansado es que te duele la cabeza y sino la espalda, el caso es que nunca haces nada de lo que te pido, ya casi no juegas nunca conmigo.
En ese momento Antonio mira a su hijo y le ve cabizbajo, sentado en el bordillo de la piscina con los ojos  tristones y la boca torcida en una mueca de enfado.
 No soporta verlo  tan decepcionado. Cae en la cuenta que si sigue así, en breve dejará de ser su héroe y realmente es muy pronto para ello. Dispuesto a poner remedio a semejante desatino, se levanta de la hamaca y  con paso indeciso se dirige al borde de la piscina.
Mira con desconfianza el fondo del agua, no quiere que el pequeño se de cuenta, pero la verdad es que ya no se siente tan ágil, los cuarenta se le han echado encima sin previo aviso pesándole como una condena. Teme que una mala caída le lleve directo al hospital y le deje unas cuantas semanas con una pierna escayolada o algo peor.
Sabe que Rober —pues así es como le llaman todos—, está observándole con expectación y una triunfante sonrisa  iluminándole la cara. No quiere defraudarle, la rapidez con la que los niños pasan del enfado a las risas tiene que tener su recompensa  y ésta vez será él quien proporcione ese premio.
Sin darle más vueltas se gira de espaldas, con los talones casi fuera del bordillo, coge una gran bocanada de aire,  da un salto para coger impulso  y dando una voltereta en el aire cae al agua salpicando todo lo que se encuentra a su alrededor, incluido Roberto que no se había movido ni un milímetro del lugar donde se encontraba.
Al salir a la superficie, una vez que hubo recobrado el aliento, Antonio vuelve a mirar a su retoño, sólo verle la cara de sorpresa y felicidad que tenía le provoca tal emoción que le hace gritar como si fuese un Tarzán acuático, eso por no hablar  del subidón moral que supone haber realizado tal proeza, digna del mayor funambulista del mundo.
Rober corre al agua a tirarse a los brazos de su padre a la vez que no cesa de repetir –Hazlo otra vez papá,  enséñame a hacerlo, quiero ser como tú, quiero hacer lo que tú haces, cuando mis amigos me vean se morirán de envidia.
Antonio, envalentonado por las risas y los aplausos de su hijo se dispone a realizar otra vez la hazaña, y no sólo eso, se pasan toda la tarde jugando juntos y enseñándole distintas formas de tirarse a la piscina tal como le había pedido.
Pero esta vez el padre no tiene miedo, los besos y abrazos del hijo son mejor que cualquier medicina y han obrado el milagro de devolverle a la juventud. Aquella que tan fácilmente había olvidado quedando relegada a un segundo plano, oculta entre el trabajo, el pago de la hipoteca y demás preocupaciones de adultos.
            A la hora de acostarse, Antonio se asoma  a la habitación de Roberto tenuemente iluminada por la luz que entra desde el pasillo, oye su respiración, está profundamente dormido, ha caído rendido como no podía ser menos después de pasarse toda la tarde jugando en el agua.  Se acerca a su cama para arroparle y darle un beso de buenas noches, como  siempre. Pero ésta noche no es como todas las demás,  algo ha cambiado en su interior, se ha dado cuenta de lo pronto que pasa el tiempo y se propone hacer mejor uso de él.
En poco tiempo Rober crecerá y ya no querrá pasar toda la tarde jugando con él. Su cabeza la ocupará otras ilusiones y su corazón otras personas, así será y así deberá ser, pero éste es su momento y no está dispuesto a desperdiciar ni un solo minuto más.
Con los ojos brillantes y el corazón lleno de orgullo por su niño, sale de la habitación cerrando cuidadosamente la puerta para no despertarlo.
Se dirige a su habitación se mete en la cama y abrazando a su mujer con firmeza, le susurra –¿No crees que ya es hora de ir a por la niña? –sorprendida por la inusual aunque deseada petición, su esposa se gira y mirándose a los ojos, sin necesidad de decir nada más, se funden en un tórrido beso, cargado de amor y nuevas ilusiones.

9 comentarios:

  1. Mañana es el día del Padre, con este relato he querido homenajear a todos los padres del mundo que se esfuerzan cada día para ofrecer a sus hijos lo mejor de sí mismos.

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  2. Hola Conchi, es un relato precioso para el día del padre y lleno de razón, porque crecen tan rápido que vale la pena disfrutarlos minuto a minuto. MARI-SOL

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    1. Es una alegría para mí tus fieles visitas a mi blog. Lo rápido que crecen los hijos... es ley de vida, pero pasa casi sin darnos cuenta, por eso es bueno pararse de vez en cuando y tener en cuenta qué y quienes nos rodean.

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  3. Buenaas :). Me ha gustado mucho tu nuevo relato y sigue escribiendo que algún día llegarás a hacer un libro. Besoos :)

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  4. Hola, es un relato muy bonito que hacer pensar en lo rápido que pasa el tiempo, el cual tenemos que aprovechar al máximo.
    Un beso muy fuerte.

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    1. El tiempo es algo muy valioso que hay que saber administrar para disfrutar al máximo de las cosas importantes de la vida.
      Muchas gracias por tu comentario.

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  5. Muy bien me están gustando todos escribes muy bien me estas enganchando. Besos.

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  6. Me encanta que te enganches, es muy gratificante para mí que disfrutes con ellos.
    Besitos guapa

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