El olor a libro nuevo envuelve el ambiente.
Siempre que puede, Amanda escapa de su rutina para disfrutar del sosiego y bienestar que le dan los libros.
Le encanta perderse en las librerías, coger un libro al azar, ojearlo, acercarlo a la nariz e impregnarse del aroma a tinta recién impresa que desprende.
Sus paseos anuales en la Feria del libro de Madrid, ciudad que la vio nacer hace 35 años, son una cita ineludible desde que con nueve recién cumplidos, la visitó por primera vez de la mano de su abuelo Felipe, amante de la literatura y seguramente responsable genético y artífice impulsor de su pasión por la lectura.
Su andar es calmado a la vez que decidido. Va de una sección a otra, siguiendo las direcciones que le indican sus ávidos ojos buscadores de estímulos. Lo mismo se interesa por un libro de aventuras que por una bella historia de amor.
Lentamente, su lengua humedece el labio superior cuando una sabrosa tarta de chocolate se presenta ante sí en la portada de un libro de repostería.
—Cómo me gustaría vivir en una mansión y poder tener una biblioteca para mí sola — suspira, mientras acaricia el aterciopelado lomo de una colección de novelas de Shakespeare.
El castillo troquelado de un libro infantil, inmediatamente le transporta a otra época. Aquella en la que fornidos caballeros de reluciente armadura luchaban contra dragones, serpientes de tres cabezas y demás criaturas fantásticas para liberar a su princesa de la dorada celda en la que había sido encerrada, por un egoísta y déspota padre o una madrastra envidiosa.
Por supuesto que Amanda, ya no tiene edad de creer en historias de princesas, pero eso no impide que de vez en cuando, fantasee con la idea de que la realidad contuviera un poquito de ficción y no al contrario como suele ser habitual.
Su familia no entiende porqué le gusta perderse en las grandes librerías comerciales
—Deberías ir mejor a una biblioteca, allí es donde de verdad se respetan los libros y no en estos bulliciosos y codiciosos escaparates de novelas — le dice su marido una y otra vez.
Amanda hace oídos sordos a todas estas críticas, ya que no va buscando una catedral de la literatura, sino un lugar donde se le permita empaparse de las letras en el más estricto sentido de la palabra. No busca sabiduría sino más bien, embriagarse de nuevas sensaciones de la misma forma que lo hace al probar un fragante perfume o una sabrosa comida.
Por eso ella misma se define como adicta a los libros. No concibe un mundo sin ellos, pues si no existieran, se pregunta con férrea convicción
— ¿Quién nos ayudaría a escaparnos un poquito de la monotonía diaria e imaginarnos una vida distinta, parecida a la de los protagonistas de nuestros libros favoritos? — o lo que es aún más valioso, añade a su interrogatorio interior
— ¿Cómo podríamos valorar mejor lo que tenemos, sin un espejo donde comparar nuestras desdichas con las tragedias sufridas por algún que otro personaje de ficción o histórico?
Para Amanda un libro es un gran tesoro casi su mejor amigo. No sólo es fuente de conocimiento sino el vehículo del que se sirve para proyectar sus deseos e incluso sus frustraciones a través de otros personajes.
Todo ello desde la seguridad que le da poder disfrutar de esa aventura, sentada en el cómodo sofá de su casa.
Como ya sabéis hoy es el día del libro y este es mi humilde tributo para celebrar este día.
ResponderEliminarEspero que os guste.
Muchas gracias por regalarnos este relato en el día del libro. Has plasmado muy bien las sensaciones que te produce ver los libros, cuanto más leerlos. Un beso muy fuerte. Marisol
ResponderEliminarGracias por tus palabras y por tu incondicional visita a mi blog.
ResponderEliminarUn abrazo
Holaa. Una vez más nos has alegrado con otro relato. La verdad es que tienes mucha razón. Los libros, a parte de entretenernos, nos distraen de la rutina diaria y nos llevan a otro mundo. Está muy bien sigue escribiendo igual de bien. Besos :)
ResponderEliminarGracias por tus ánimos. Me enorgullece que te hayas sentido identificada con el relato. Era mi intención.
EliminarMuchos besos.