miércoles, 9 de julio de 2014

EL JUEGO


    Sentado en su silla de anea color cerezo a la sombra del emparrado del patio, Paulino lee “Caballero con espuelas” de Marcial Lafuente Estefanía, su autor favorito de novelas del Oeste desde que era un chaval allá por los años cincuenta. Apenas era un muchacho de 14 años cuando empezó a ganarse el jornal ayudando a servir mesas y barriendo en el bar de su tío Pedro. De lo poco que ganaba, casi todo iba para ayudar en casa y el resto lo guardaba para darse un capricho de vez en cuando. Por eso, siempre que tenía algo ahorrado se acercaba al quiosco de Venancio El Manco y compraba la novela por el módico precio de cinco pesetas. 
    Tras la sobremesa, le gusta releer tranquilamente los capítulos de esos intrépidos forajidos. Sin embargo hoy parece que no va a ser posible, pues justo en el momento en que el protagonista subido a su caballo está a punto de enfrentarse a su enemigo, el galope del corcel es interrumpido inesperadamente
   – ¡Paulino, quédate un rato cuidando a Josete mientras yo hago un recado en casa de Amalia! – es la voz de su esposa Mariola que, gritando desde la puerta de entrada, le transporta bruscamente desde las llanuras del desierto de Arizona a la realidad de su rutina diaria.
    Para cuando Paulino levanta la vista de su emocionante novela, su esposa ya se ha marchado dejándole al cuidado de su nieto Josete, un rubio niño de seis años que convive en el pueblo con ellos durante las vacaciones de verano, mientras sus padres trabajan en la ciudad.
    Paulino, desconcertado al quedarse solo por primera vez con Josete, no sabe qué hacer. El niño está plantado delante de él como esperando una orden suya o quizá un guiño para jugar juntos – ¿qué sabe él de esas cosas? – se interroga intranquilo.
    Normalmente es su esposa la que se pasa el día con el nieto – ¿Por qué se lo habrá dejado a él esta tade? – se pregunta algo contrariado.
    El nieto sigue callado, cualquiera diría que tiene miedo a su abuelo o quizá falta de confianza, sin embargo en un alarde de inocente valentía que sólo otorga su temprana edad, clava sus ojos claros en los de su abuelo como si quisiera adivinar lo que está pensando.
–Jodío niño – exclama Paulino por lo bajini. –Parece que quisiera leerme el pensamiento mirándome fijamente – susurra, mientras mueve la cabeza de un lado a otro, incómodo por la tensión que flota en el aire.
   Josete con la cabeza un poco ladeada mira de soslayo a su abuelo, desearía decirle que jugara con él a indios y vaqueros o algo así, pero no se atreve, pues sabe que éste no es muy propenso a los juegos, ni muy prolijo en abrazos y demostraciones de cariño. Al contrario de su abuela Mariola que está todo el día besando y pellizcándole los mofletes.
   Después de éste corto pero frío encuentro entre nieto y abuelo, Paulino continúa con su lectura con la esperanza de que Josete haga lo propio, regrese a sus juegos infantiles en solitario y no vuelva a exigirle más atención con su mirada.
   Sin embargo, lejos de cumplir las expectativas del viejo, Josete coloca su pequeña silla de anea junto a la de su abuelo y se sienta a leer en silencio “El gato con botas”, su cuento preferido.
   Al principio Paulino no se percata del juego de su nieto. Pero al cabo del rato observa de reojo todos los movimientos del niño. De modo que, si se sube las gafas para leer, Josete imita el gesto, pasando el dedo suavemente por su pequeña nariz hasta el entrecejo – como si se colocara unas gafas invisibles –. De la misma manera si pasa página, el niño también da la vuelta a la hoja, no sin antes chupar su pequeño dedo índice tal como hace él mismo. Si Paulino se endereza en la silla para acomodarse mejor, Josete también. Si cruza una pierna, automáticamente su nieto le imita. Así pasan un buen rato, como si estuvieran echando un pulso para ver quién aguanta más.
   Sorprendentemente, con este sencillo y silencioso juego Josete logra vencer a Paulino que, lejos de enfadarse, le sonríe y le da un beso acompañado de un cariñoso abrazo, pues de alguna forma le halaga que su nieto le utilice como espejo.

8 comentarios:

  1. Dedico este relato a todos esos abuelos y nietos que, como Josete y Paulino, disfrutan la mayor parte de las vacaciones de verano de su mutua compañía y aprendiendo los unos de los otros.
    Espero que os guste.
    Felices vacaciones a todos.

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  2. Muy bonito mamá! Me ha gustado mucho :)

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  3. ¡Qué bien los has retratado!, yo soy una de esas abuelas que disfruta de su nieta y a la que ésta imita todo lo que puede. Que pases un verano estupendo, pero sin dejar de escribir. Un beso
    Mari-SOL

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    1. Me gusta que te hayas visto reflejada en la lectura, creo que es una de las mejoras formas de disfrutar de la lectura.

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  4. Me ha gustado mucho me has hecho recordar la peculiar relación que tenia con mi yayo Francisco un hombre muy serio pero muy tierno a la vez. Gracias

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    1. Muchas gracias por tus sinceras palabras. No hay bafa mejor que recordar a lis seres queridos.

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  5. Mi madre y yo lo hemos leído juntas y nos ha gustado mucho. Es muy bonito.
    Un beso enorme de las dos. :D

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