Ese día de carnaval empezó como otro año cualquiera.
Poco imaginaba Raquel que cuando se disfrazara de chinita con el traje que su madre había cosido siguiendo el patrón del colegio, algo mágico iba a suceder.
Una vez pintada, peinada y vestida como una auténtica china, empezó a hablar un idioma totalmente desconocido para ella. Se acercó a su madre y con voz cantarina le dijo –¡ni hao! –, que por lo visto en chino quiere decir ¡hola!. Su madre le contestó de igual modo –¡ni hao! –, pensando que era un juego, pero no lo era.
Todos los esfuerzos que Raquel hizo para hablar español resultaron en vano, pues de su boca sólo salían palabras incomprensibles, todas ellas en chino, como si le hubiera poseído el espíritu de alguna niña china o algo así.
Se fueron al colegio y allí la sorpresa fue mayúscula, cuando al saludar a sus amiguitos de 1º A, de forma inexplicable y con toda naturalidad, hablaban chino como si fuesen hijos del país del Sol Naciente. –Jo, éste traje es mágico – pensó Raquel picaronamente –todos los niños que lo llevamos hablamos chino –.
Eso les pareció muy divertido a todos pues así podrían cuchichear y hablar libremente sin que ni sus padres, ni la profe los entendieran, pues aunque la maestra iba disfrazada igual que ellos, el traje sólo dotaba de su magia a los niños.
Salieron a hacer el pasacalle por el barrio alrededor del colegio, los chiquillos iban felices hablando y cantando en ese idioma y con ese acento tan chulo.
Los padres que flanqueaban el desfile haciendo fotos, no entendían nada de lo que estaba pasando, llamaban a sus hijos por sus nombres y no les respondían, lo que no sabían, claro, es que ya no se llamaban Raquel, Alba, Alberto o Víctor, sino Jue, Mulán, Yuan, Chang… Todos se miraban extrañados, sin comprender el comportamiento de sus hijos, era como si no los conocieran.
Yolanda, la maestra, tampoco entendía nada, se estaba volviendo loca intentando poner orden en esa algarabía infernal, ningún alumno, ni siquiera los más obedientes le hacían caso, todos estaban alterados como nunca los había visto, sólo oía risas y voces que repetían palabras extrañas, lo único que entendía de vez en cuando era –¡ni hao! –, pero nada más. En todos los años de profesión, jamás había vivido nada parecido.
A pesar del bullicio y el alboroto la comparsa consiguió regresar al colegio de nuevo. Fue una experiencia caótica para todos, excepto para Raquel y sus compañeros, para ellos fue un verdadero carnaval, el más loco y divertido del mundo.
Cuando se acabó la fiesta y Raquel regresó a su casa y se desvistió, intentó explicarle a su madre lo sucedido con el traje y su magia, que debido a ella todos hablaban chino como si fueran nativos. Desgraciadamente su madre, como todos los adultos, había dejado de creer en la magia hacía ya muchos años y, por supuesto no creyó ni una palabra de lo que le contó su hija y, siguió pensando que había sido una travesura urdida entre todos.
Pero Raquel sabía que no, que la magia existía y deseó con todas sus fuerzas, que en el futuro todos los carnavales fueran tan divertidos como éste.
Poco imaginaba Raquel que cuando se disfrazara de chinita con el traje que su madre había cosido siguiendo el patrón del colegio, algo mágico iba a suceder.
Una vez pintada, peinada y vestida como una auténtica china, empezó a hablar un idioma totalmente desconocido para ella. Se acercó a su madre y con voz cantarina le dijo –¡ni hao! –, que por lo visto en chino quiere decir ¡hola!. Su madre le contestó de igual modo –¡ni hao! –, pensando que era un juego, pero no lo era.
Todos los esfuerzos que Raquel hizo para hablar español resultaron en vano, pues de su boca sólo salían palabras incomprensibles, todas ellas en chino, como si le hubiera poseído el espíritu de alguna niña china o algo así.
Se fueron al colegio y allí la sorpresa fue mayúscula, cuando al saludar a sus amiguitos de 1º A, de forma inexplicable y con toda naturalidad, hablaban chino como si fuesen hijos del país del Sol Naciente. –Jo, éste traje es mágico – pensó Raquel picaronamente –todos los niños que lo llevamos hablamos chino –.
Eso les pareció muy divertido a todos pues así podrían cuchichear y hablar libremente sin que ni sus padres, ni la profe los entendieran, pues aunque la maestra iba disfrazada igual que ellos, el traje sólo dotaba de su magia a los niños.
Salieron a hacer el pasacalle por el barrio alrededor del colegio, los chiquillos iban felices hablando y cantando en ese idioma y con ese acento tan chulo.
Los padres que flanqueaban el desfile haciendo fotos, no entendían nada de lo que estaba pasando, llamaban a sus hijos por sus nombres y no les respondían, lo que no sabían, claro, es que ya no se llamaban Raquel, Alba, Alberto o Víctor, sino Jue, Mulán, Yuan, Chang… Todos se miraban extrañados, sin comprender el comportamiento de sus hijos, era como si no los conocieran.
Yolanda, la maestra, tampoco entendía nada, se estaba volviendo loca intentando poner orden en esa algarabía infernal, ningún alumno, ni siquiera los más obedientes le hacían caso, todos estaban alterados como nunca los había visto, sólo oía risas y voces que repetían palabras extrañas, lo único que entendía de vez en cuando era –¡ni hao! –, pero nada más. En todos los años de profesión, jamás había vivido nada parecido.
A pesar del bullicio y el alboroto la comparsa consiguió regresar al colegio de nuevo. Fue una experiencia caótica para todos, excepto para Raquel y sus compañeros, para ellos fue un verdadero carnaval, el más loco y divertido del mundo.
Cuando se acabó la fiesta y Raquel regresó a su casa y se desvistió, intentó explicarle a su madre lo sucedido con el traje y su magia, que debido a ella todos hablaban chino como si fueran nativos. Desgraciadamente su madre, como todos los adultos, había dejado de creer en la magia hacía ya muchos años y, por supuesto no creyó ni una palabra de lo que le contó su hija y, siguió pensando que había sido una travesura urdida entre todos.
Pero Raquel sabía que no, que la magia existía y deseó con todas sus fuerzas, que en el futuro todos los carnavales fueran tan divertidos como éste.
Un año más ha llegado Carnaval y he querido hacer un homenaje a ésta fiesta tan divertida con un cuento infantil que espero os guste.
ResponderEliminarOjalá disfrutéis de un carnaval tan mágico como el de Raquel, la protagonista del cuento.
Besitos
Conchi
Hola Conchi, me ha encantado, cómo has hecho que los niños vivan un día mágico y la manera en que has seguido el hilo conductor del relato , dando sólo a los niños , la posibilidad de vivir con ese entusiasmo el carnaval , hasta el punto de cambiarles hasta el idioma. Me ha parecido fantástico y seguro que a mi nieta, le va a encantar. Un beso
ResponderEliminarQue bien que te haya gustado. Espero que cuando se lo leas a tu nieta también le guste. Gracias por leerme. Un besito.
EliminarSoy Mari-Sol, es que cómo siempre escribo con el correo de mi marido, aunque supongo que ya me conoces
ResponderEliminarNo te preocupes, se perfectamente que eres tú. Te agradezco enormemente por tus comentarios vengan desde el correo que vengan. Besos
EliminarEl país del sol naciente es Japón, aunque los chinos les pusieron el nombre, lo que puede crear confusión.
ResponderEliminarMuy amable por tu aclaración. Espero que hayas disfrutado de la lectura del relato a pesar de la confusión.
EliminarOjalá sigas disfrutando de ellos y te vea de nuevo por aquí.
Conchi