El silencio proveniente de la habitación de Javier, pone a Matilde en alerta. Siempre que su inquieto e ingenioso hijo de diez años juega en su cuarto el alboroto se hace notar en toda la casa, por lo que la calma repentina no hace presagiar nada bueno.
Al asomarse al dormitorio no puede creer lo que ve, Javier ha decidido colocarse unas gafas negras de sol e ir por toda la habitación con la cabeza levantada mirando hacia el techo, mientras con la mano derecha arrastra un paraguas a modo de bastón de ciego.
— ¿A qué juegas?
—No es un juego mamá es un trabajo de investigación — le contesta Javier con gran desparpajo.
— ¿Un invento de los tuyos? — pregunta asustada.
Aún se acuerda del verano pasado, cuando su hijo metió un caramelo Mentos en una botella de Coca cola y el géiser que se formó fue de tal magnitud, que tuvieron que volver a pintar el techo de la cocina. Eso, sin contar las horas que pasó limpiando el pegajoso y dulzón líquido de azulejos y armarios.
Al ver la cara de susto de su madre, Javier con la labia que le caracteriza le intenta sosegar —Tranquila mamá, esta vez no va a pasar nada malo, no tengo que usar ningún elemento peligroso ni nada.
—Uff, menos mal, pues ya tengo suficiente elemento contigo — susurra una Matilde nada aliviada.
Como la angustiada cara de su madre da miedo, Javier prosigue con la explicación
—En el cole estamos estudiando la empatía, que es algo así como sentir lo que otro siente… o probar lo que otro prueba…, no, no es así…. Entorna los ojos haciendo memoria y exclama decidido —Ah! ya me acuerdo, es ponerse en el lugar de otra persona para probar lo que siente.
Matilde asiente con la cabeza, mientras Javier prosigue —Y para mañana la profe nos ha mandado hacer una redacción sobre el tema.
— ¿Y para eso te tienes que disfrazar?
—No me he disfrazado mamá, estoy simulando que soy ciego para experimentar por mí mismo lo que siente un niño que no puede ver — replica molesto.
— Ya lo entiendo, Javier —responde condescendiente su madre — pero ¿no podrías hacer el trabajo consultando alguna enciclopedia o buscando en Google como todos los demás?
—Claro que podría mamá, pero entonces no sería tan real.
Con semejante argumento, a Matilde no le queda más remedio que rendirse y rezar para que su hijo no destroce la casa por el camino –Está bien, no sigas quejándote que ya me has convencido — aprueba por fin.
La tarde transcurre con aparente tranquilidad.
Javier se la pasa mirando al techo con las gafas puestas. Arrastrando el paraguas—bastón a un lado y otro de la casa para guiarse, mientras paredes y muebles sufren sus envestidas a cada paso.
Para poner a prueba su sentido del tacto, palpa todos los objetos que encuentra, nombrándolos en voz alta cuando adivina de qué se trata —teléfono, naranja, plátano, cuaderno, libro…
Agudiza el oído persiguiendo el ladrido de Pancho, su cachorro blanco de apenas año y medio que mueve la cola y da saltos alrededor de Javi para jugar con él cada vez que le encuentra.
Seguido por Pancho, entra en la cocina. El aroma del guiso invade su nariz y comienza a olfatear con entusiasmo —salsa de tomate, orégano, ajo, cebolla, carne picada…
Al intuir la cena que está cocinando su madre, le da un beso en la mejilla y le dice —Gracias mamá por hacer macarrones boloñesa, huele tan bien que dan ganas de comérmelos ahora mismo.
Ni corto ni perezoso, tantea la encimera buscando la cuchara de madera para meterla en la olla. Pero justo en el momento que iba a comprobar su destreza con las papilas gustativas, Matilde que siempre anda al quite, se lo impide de un manotazo indoloro y con una sonrisa invisible para su hijo, le reprende
—Sal ahora mismo de mi cocina, zalamero invidente, y llévate a Pancho contigo, no vayáis a liarla.
A esas alturas de la tarde ya había experimentado suficiente con los cuatro sentidos restantes. Algo aburrido y deseoso de aventuras, le pregunta a su madre
— ¿Puedo sacar a Pancho a pasear, así lo podría utilizar como perro guía? .Matilde, boquiabierta, no da crédito a lo que oye…
—De ninguna manera ¿es que quieres que te atropelle un coche?
—Eso no va a pasar porque Pancho me guiará.
—Pero Pancho es un caniche, no es ningún perro guía — intenta razonar
—Mamá, por favor déjame —suplica Javier —Además, si saliera a la calle fingiendo ser ciego, sería tan auténtico que seguro que la profe me pondría un diez.
—Puede que sí, pero no va a ser a costa de tener un disgusto.
—Pero mamá…
—Ni pero ni pera y deja de jugar, que mucho experimentar pero aún no has empezado la redacción— corta la madre en seco.
Ante la cabizbaja mirada de Javier, apremia
— ¿No crees que para que te pongan un diez, primero tendrás que escribirla? desafía Matilde, ganando la batalla con gran psicología maternal.
Javier, vencido por el momento, no tiene más remedio que quitarse las gafas, guardar todos los complementos de invidente y ponerse a currar, pues hay un diez en juego.
Al asomarse al dormitorio no puede creer lo que ve, Javier ha decidido colocarse unas gafas negras de sol e ir por toda la habitación con la cabeza levantada mirando hacia el techo, mientras con la mano derecha arrastra un paraguas a modo de bastón de ciego.
— ¿A qué juegas?
—No es un juego mamá es un trabajo de investigación — le contesta Javier con gran desparpajo.
— ¿Un invento de los tuyos? — pregunta asustada.
Aún se acuerda del verano pasado, cuando su hijo metió un caramelo Mentos en una botella de Coca cola y el géiser que se formó fue de tal magnitud, que tuvieron que volver a pintar el techo de la cocina. Eso, sin contar las horas que pasó limpiando el pegajoso y dulzón líquido de azulejos y armarios.
Al ver la cara de susto de su madre, Javier con la labia que le caracteriza le intenta sosegar —Tranquila mamá, esta vez no va a pasar nada malo, no tengo que usar ningún elemento peligroso ni nada.
—Uff, menos mal, pues ya tengo suficiente elemento contigo — susurra una Matilde nada aliviada.
Como la angustiada cara de su madre da miedo, Javier prosigue con la explicación
—En el cole estamos estudiando la empatía, que es algo así como sentir lo que otro siente… o probar lo que otro prueba…, no, no es así…. Entorna los ojos haciendo memoria y exclama decidido —Ah! ya me acuerdo, es ponerse en el lugar de otra persona para probar lo que siente.
Matilde asiente con la cabeza, mientras Javier prosigue —Y para mañana la profe nos ha mandado hacer una redacción sobre el tema.
— ¿Y para eso te tienes que disfrazar?
—No me he disfrazado mamá, estoy simulando que soy ciego para experimentar por mí mismo lo que siente un niño que no puede ver — replica molesto.
— Ya lo entiendo, Javier —responde condescendiente su madre — pero ¿no podrías hacer el trabajo consultando alguna enciclopedia o buscando en Google como todos los demás?
—Claro que podría mamá, pero entonces no sería tan real.
Con semejante argumento, a Matilde no le queda más remedio que rendirse y rezar para que su hijo no destroce la casa por el camino –Está bien, no sigas quejándote que ya me has convencido — aprueba por fin.
La tarde transcurre con aparente tranquilidad.
Javier se la pasa mirando al techo con las gafas puestas. Arrastrando el paraguas—bastón a un lado y otro de la casa para guiarse, mientras paredes y muebles sufren sus envestidas a cada paso.
Para poner a prueba su sentido del tacto, palpa todos los objetos que encuentra, nombrándolos en voz alta cuando adivina de qué se trata —teléfono, naranja, plátano, cuaderno, libro…
Agudiza el oído persiguiendo el ladrido de Pancho, su cachorro blanco de apenas año y medio que mueve la cola y da saltos alrededor de Javi para jugar con él cada vez que le encuentra.
Seguido por Pancho, entra en la cocina. El aroma del guiso invade su nariz y comienza a olfatear con entusiasmo —salsa de tomate, orégano, ajo, cebolla, carne picada…
Al intuir la cena que está cocinando su madre, le da un beso en la mejilla y le dice —Gracias mamá por hacer macarrones boloñesa, huele tan bien que dan ganas de comérmelos ahora mismo.
Ni corto ni perezoso, tantea la encimera buscando la cuchara de madera para meterla en la olla. Pero justo en el momento que iba a comprobar su destreza con las papilas gustativas, Matilde que siempre anda al quite, se lo impide de un manotazo indoloro y con una sonrisa invisible para su hijo, le reprende
—Sal ahora mismo de mi cocina, zalamero invidente, y llévate a Pancho contigo, no vayáis a liarla.
A esas alturas de la tarde ya había experimentado suficiente con los cuatro sentidos restantes. Algo aburrido y deseoso de aventuras, le pregunta a su madre
— ¿Puedo sacar a Pancho a pasear, así lo podría utilizar como perro guía? .Matilde, boquiabierta, no da crédito a lo que oye…
—De ninguna manera ¿es que quieres que te atropelle un coche?
—Eso no va a pasar porque Pancho me guiará.
—Pero Pancho es un caniche, no es ningún perro guía — intenta razonar
—Mamá, por favor déjame —suplica Javier —Además, si saliera a la calle fingiendo ser ciego, sería tan auténtico que seguro que la profe me pondría un diez.
—Puede que sí, pero no va a ser a costa de tener un disgusto.
—Pero mamá…
—Ni pero ni pera y deja de jugar, que mucho experimentar pero aún no has empezado la redacción— corta la madre en seco.
Ante la cabizbaja mirada de Javier, apremia
— ¿No crees que para que te pongan un diez, primero tendrás que escribirla? desafía Matilde, ganando la batalla con gran psicología maternal.
Javier, vencido por el momento, no tiene más remedio que quitarse las gafas, guardar todos los complementos de invidente y ponerse a currar, pues hay un diez en juego.
Es verdad que la imaginación es una característica maravillosa que todos solemos usar bastante en nuestra infancia y que desgraciadamente vamos perdiendo según crecemos, pero ¿hemos pensado alguna vez en lo que han tenido que aguantar nuestras madres para lidiar con esa desbordante cualidad? las que sois madres como yo seguro que me entendéis y entenderéis a Matilde y su reacción ante la ocurrencia de Javier, el nuevo e ingenioso protagonista de esta historia.
ResponderEliminarEspero que la disfrutéis.
Besitos
Conchi Martínez
Muy "bueno" este Javier, jaja...
ResponderEliminarMe ha gustado mucho.
����
Me es muy grato que disfrutes leyendo. Gracias por tu comentario.
ResponderEliminarBesitos mil