─ ¿Cómo se declara, culpable o inocente? ─ Preguntó el juez
─ Inocente señoría
─ Pero las pruebas contra usted son contundentes
─ Lo sé, señoría. Yo lo maté, es cierto
─ Entonces, ¿por qué insiste en su inocencia? ─ ¿Pretende tomarle el pelo a éste tribunal y a las leyes que representa?
─ No, señoría. Acepto el castigo que se me imponga por el asesinato. Pero no me considero culpable del acto pues, poderosas razones me llevaron a cometerlo
─ Ya hemos escuchado en la sala sus motivos. En los últimos cinco días, su abogado nos ha relatado con todo lujo de detalle, las palizas y vejaciones que su alcohólico marido le propinaba desde el mismo día que desposó con él. Todos nos hacemos cargo de su calvario, pero aquí no estamos juzgando su sufrimiento, sino el hecho de que usted asesinó a su esposo, de forma fría y premeditada
─ No estoy buscando piedad, señoría
─ Sabe que no puedo obviar los hechos objetivos que demuestran su culpabilidad. Mi deber es hacer cumplir la ley, ateniéndome a las pruebas presentadas
─ Soy consciente, señoría
─ He de suponer entonces, que también es consciente de la contundencia de las mismas
─ Lo soy, señoría
─ A la luz de las declaraciones testificales y, pruebas periciales emitidas a lo largo de éste proceso judicial, ha quedado sobradamente demostrado que usted estuvo envenenando a su marido durante años, echando matarratas de forma continua y deliberada a su sopa diaria, hasta provocarle la muerte.
─ Cierto, señoría.
─ ¿Qué pretende demostrar con esa actitud? ─ Dígame ¿Se arrepiente de sus actos?
─ Nada pretendo, pues de nada me arrepiento. Aplique la ley correspondiente, pero no me pida que me humille aceptando mi culpabilidad sobre un acto que, bajo mi punto de vista fue de justicia.
─ ¿Es consciente que su soberbia puede conducirla directamente a la horca?
─ Sí, señoría
─ ¿No teme la muerte?
─ Nadie que haya conocido el infierno la teme, señoría.
─ Entonces, no me deja otra salida que, emitir un veredicto de culpabilidad, imponiendo la pena máxima. ¡Pena de muerte!
─ Sentenció el juez a la vez que golpeaba la mesa con el mazo.
En ese momento, Amélie cerró los ojos y, bajó la cabeza al tiempo que sus pulmones acompañados de una exhalación profunda, soltaban la tensión acumulada en las últimas jornadas. Dócilmente, dejó que la escoltaran y, condujeran de nuevo a su pútrida celda, a la espera de que el verdugo materializara su sentencia.
Un ensordecedor silencio inundó la sala. La platea allí reunida desde hacía días, seguía estupefacta el desarrollo de los acontecimientos. Delante de sus ojos, incrédulos unos y llorosos otros, se representaba una escena digna de haber sido escrita por Víctor Hugo, el mejor dramaturgo de la época. La reo, como si emulara a una de esas heroínas de la literatura, caminaba hacia el cadalso estoicamente. Incluso, pareciera que su boca dibujara una leve sonrisa.
Nadie, ni siquiera su abogado, por mucho que en los últimos tiempos hubiera sido lo más parecido a un confesor, absolutamente nadie, podía imaginar lo que Amélie pensaba en ese instante
─ Se acabó. Al fin podré descansar ─
No en todas las épocas de la historia, un reo ha tenido los mismos derechos en materia de defensa, como los que la ley proporciona hoy en día. Ese es un derecho del que disfrutamos desde hace relativamente poco tiempo. Antes, (apenas hace dos siglos) , era muy normal que ocurrieran cosas como las que acontecen en éste relato.
ResponderEliminarEspero que os guste
Besitos
Conchi
Muy fuerte tu alegato. No te lo tomes a mal, la historia me ha gustado, pero como ya te dije en otra ocasión, aquí lo puedes desarrollar más, para que resulte más personal, sin perder ese alegato de liberación.
ResponderEliminarMe gusta mucho que ella lo asuma, de hecho, hace tiempo vi una película en la que un padre (Samuel L. Jackson) mata a los agresores racistas de su hija, después de salir indemnes del juicio, y al final no es condenado. Me cabreó mucho eso, pues aunque era justo que matar a esos cabrones, no tenía lógica que no fuera condenado por su crimen.
Un besote…
Dabid.
Gracias David por tu aportación. La tendré en cuenta. ¿Porqué piensas que me va a sentar mal?, a mi las críticas constructivas no me molestan, creo que nos hacen crecer a todos. De todas formas me quedo con la parte positiva en la que dices que te ha gustado, y creo que ha sido porque la protagonista te ha llegado y de alguna forma has podido comprenderla en toda su magnitud, y eso me encanta porque era lo que yo quería conseguir cuando la creé. Si te ha tocado la fibra, me doy por satisfecha, teniendo en cuenta que tú eres uno de los más exigentes.
ResponderEliminarBesitos
Conchi
Me reitero en lo hablado pues aunque el relato es duro en contraposición a David la condena es severa y si el juez analiza el asunto puede que a lo mejor la aplicación pudiera ser menos dura que lo expresado en el relato.
ResponderEliminarDe todas formas es un buen ejercicio de imaginación .
Nos vemos y hablamos .
Rufino
Gracias Rufino, me sube el ánimo lo que dices de la imaginación, es muy gratificante, pues no es fácil llegar a plasmar una idea en un relato corto y que cale en los que lo leen.
EliminarPor otro lado, lo que dices de que la condena es severa, llevas razón, si lo comparamos con la justicia que disfrutamos hoy en día, pero hace dos siglos atrás no se tenían en cuenta nada los atenuantes (por regla general), y muchas veces bastaba una confesión del reo o de cualquier otra persona y alguna que otra
prueba más para condenar a muerte. El relato, como ya sabes está ambientado en la Francia del siglo XIX. Además por eso la protagonista se libera de alguna manera con esa condena y la acepta como lo más normal, porque ella se sabe culpable aunque no se sienta como tal.
Gracias por tu punto de vista. Me alegra verte por aquí.
Nos vemos
Besitos
Conchi