Cada vez que Verónica alcanza la cima, siente que domina el mundo. La grandeza del horizonte que divisan sus ojos no es nada, comparado con la adrenalina que le produce haber desafiado a la montaña de nuevo y, haberla alcanzado para ponerse a su altura. Es entonces cuando se siente realmente viva, casi invencible.
Pero hoy más que nunca esa sensación se multiplica hasta el infinito. A sus treinta años, ha conseguido coronar su primer ocho mil. Ha sido un largo recorrido hasta llegar aquí, pero ha valido la pena. Por fin ha cumplido su gran sueño desde niña, llegar a lo más alto. En éste instante su recuerdos se agolpan en su mente y en su corazón, luchando por salir a nado de entre sus ojos.
Ya desde pequeña le atraían las alturas. Nacida en un pequeño pueblo del norte de España rodeado de montañas, con apenas siete años trepaba con soltura el sauce que presidía la granja donde creció, para encaramarse a una de sus ramas más robustas.
─ Vero, no me gusta que te subas al árbol. Un día te caerás y tendremos un disgusto ─ Aunque hayan pasado años, aún hoy, reverbera en su cabeza el eco de las advertencias de su madre cada vez que la encontraba escalando las alturas.
─ ¿No puedes jugar a las muñecas o a la comba como las demás niñas? ─ le repetía una y otra vez. ─ Pareces una salvaje, siempre subida al árbol, ¿acaso eres un mono? ─ Ese era otro de sus reproches, a los que su naturaleza rebelde hacía oídos sordos.
Esa rebeldía fue la que le empujó a abandonar el hogar familiar en cuanto cumplió los 18, allá por 1982.
Llegó a Madrid en plena “Movida Madrileña”. Acarreaba una maleta roja con algo de ropa, la cabeza llena de ilusiones y una cartilla de ahorros con apenas 30.000 pesetas, conseguidas tras dos meses trabajando como aprendiz en la “Peluquería Susi”. La única del pueblo y de la que desde hacía décadas, salían las paisanas como si hubieran pasado por una cadena de montaje, todas con el mismo peinado estilo Jackie Kennedy años 60. Nada que ver al moderno estilismo de las madrileñas que, totalmente abducidas por la última moda, lucían exagerados cardados o permanentes tipo “afro” imitando a las famosas de la tele.
Eso, sin contar los numerosos “punkis” con los que se tropezaba por doquier. Tribus juveniles que portaban con orgullo sus cabelleras de colores, engominadas de formas casi imposibles. Muchos llevaban toda la cabeza rapada a excepción de un mechón central, que recorría el cráneo desde donde empieza el cuero cabelludo hasta la nuca. Lo más sorprendente era cómo peinaban ese único mechón de unos pocos centímetros de ancho. Algunos lo hacían en filamentos tiesos, asemejando cepillos de barrer, otros en cambio, tal como lo haría el mejor de los artesanos, esculpían una fila de triángulos equiláteros exactos. ─ Dios mío, que perfección ─ admiraba Verónica, llevada por su deformación profesional ─ Deben pasarse horas delante del espejo y gastar un montón de gomina hasta conseguir que no se mueva un solo pelo ─ pensaba con asombro. Menos mal que no todos eran tan extravagantes, esos se conformaban con raparse sólo un lado de la cabeza o, dejando caer el susodicho mechón central a su libre albedrío.
En cualquier caso, ese peinado junto con el atrezo de pantalones pitillo a cuadros, camisetas anchas y cazadoras con tachuelas, constituía un look totalmente transgresor.
Pisaban fuerte con las botas estilo militar que completaban el atuendo, como pidiendo guerra, sobre todo si lo acompañaban con adornos como gargantillas y pulseras de pinchos o, cadenas que sujetas a las trabillas del pantalón colgaban hasta las rodillas, titilando al andar.
El aspecto engañosamente desaliñado junto con una actitud chulesca, recreaba una puesta en escena perfecta para llamar la atención quizá, con la intención de amedrentar a todos los ajenos a ese movimiento juvenil. Bueno, a todos no, porque en el caso de Verónica producían justo el efecto contrario. A ella, seguramente debido a su natural rebeldía, le atraían como un imán.
─ Urge cambiar de imagen ─ anotó decidida en su lista mental de cosas pendientes.
Nada más bajarse del tren en la estación de Chamartín, pudo percibir con regocijo más que asombro, el bullicio de la capital.
A pesar de ser un día claro, el cielo estaba falto de azul, como si alguien le hubiese colocado un velo para que no luciese en todo su esplendor.
Se quitó el walkman en el que escuchaba a Antonio Flores cantar “Pongamos que hablo de Madrid”, para oír mejor la banda sonora que le acompañaría a partir de ese momento.
Coches pitando unos a otros en una sinfonía caótica ─ ¿Por qué pitarán tanto? ─ se preguntaba incrédula ─ Como si así fueran a exorcizar el tráfico ─ ironizaba divertida.
Gente caminando en todas direcciones casi sin mirarse ─ Andan tan deprisa, que parece que más que andar leviten ─ sonreía burlona.
A la asombrada mirada de Verónica, se le antojaba que casi no posaban un pie en el suelo para adelantar el otro. Sobre todo al echar a correr para no perder el autobús que, en ese preciso instante frenaba bruscamente en su parada, provocando con ello que los frenos chirriaran hasta dar dentera. Los urbanitas, a juzgar por su reacción, o mejor dicho, su falta de ella, parecieron no percibir el estridente sonido. Tampoco advirtieron el humo negruzco del tubo de escape. Desagradable obsequio del conductor a todos los presentes al arrancar de nuevo el bus. Acompañándolo, como no podía ser de otra manera, de ese olor mezcla de asfalto y aceites quemados.
─ No entiendo que nadie lo aprecie ─ pensó, a la vez que se tapaba nariz y boca con la mano ─ Estarán acostumbrados ─ se encogió de hombros ─ Pues éste es el aroma que me ha estado siguiendo desde que bajé del tren.
El aire que envolvía Madrid no era tan sano como el de su pueblo, sin duda era mucho más viciado, pero a cambio le permitía respirar libertad y oportunidades. Algo de lo que carecía en su tierra natal.
Había viajado hasta aquí para alcanzar su sueño. Llegar a ser una reconocida alpinista.
Deseaba que todos en su aldea se sintieran orgullosos de sus proezas, sobre todo su madre, a la que había dejado en la estación de partida con lágrimas en los ojos.
Aún no sabía cómo, pero estaba segura de lograrlo. Poseía un tesón inquebrantable innato en ella, fortalecido y entrenado todos esos años atrás escalando árboles y pequeñas montañas, casi siempre en contra de la opinión de los demás.
Estaba dando el primer paso, sólo quedaba ascender hasta la cumbre.
Pero hoy más que nunca esa sensación se multiplica hasta el infinito. A sus treinta años, ha conseguido coronar su primer ocho mil. Ha sido un largo recorrido hasta llegar aquí, pero ha valido la pena. Por fin ha cumplido su gran sueño desde niña, llegar a lo más alto. En éste instante su recuerdos se agolpan en su mente y en su corazón, luchando por salir a nado de entre sus ojos.
Ya desde pequeña le atraían las alturas. Nacida en un pequeño pueblo del norte de España rodeado de montañas, con apenas siete años trepaba con soltura el sauce que presidía la granja donde creció, para encaramarse a una de sus ramas más robustas.
─ Vero, no me gusta que te subas al árbol. Un día te caerás y tendremos un disgusto ─ Aunque hayan pasado años, aún hoy, reverbera en su cabeza el eco de las advertencias de su madre cada vez que la encontraba escalando las alturas.
─ ¿No puedes jugar a las muñecas o a la comba como las demás niñas? ─ le repetía una y otra vez. ─ Pareces una salvaje, siempre subida al árbol, ¿acaso eres un mono? ─ Ese era otro de sus reproches, a los que su naturaleza rebelde hacía oídos sordos.
Esa rebeldía fue la que le empujó a abandonar el hogar familiar en cuanto cumplió los 18, allá por 1982.
Llegó a Madrid en plena “Movida Madrileña”. Acarreaba una maleta roja con algo de ropa, la cabeza llena de ilusiones y una cartilla de ahorros con apenas 30.000 pesetas, conseguidas tras dos meses trabajando como aprendiz en la “Peluquería Susi”. La única del pueblo y de la que desde hacía décadas, salían las paisanas como si hubieran pasado por una cadena de montaje, todas con el mismo peinado estilo Jackie Kennedy años 60. Nada que ver al moderno estilismo de las madrileñas que, totalmente abducidas por la última moda, lucían exagerados cardados o permanentes tipo “afro” imitando a las famosas de la tele.
Eso, sin contar los numerosos “punkis” con los que se tropezaba por doquier. Tribus juveniles que portaban con orgullo sus cabelleras de colores, engominadas de formas casi imposibles. Muchos llevaban toda la cabeza rapada a excepción de un mechón central, que recorría el cráneo desde donde empieza el cuero cabelludo hasta la nuca. Lo más sorprendente era cómo peinaban ese único mechón de unos pocos centímetros de ancho. Algunos lo hacían en filamentos tiesos, asemejando cepillos de barrer, otros en cambio, tal como lo haría el mejor de los artesanos, esculpían una fila de triángulos equiláteros exactos. ─ Dios mío, que perfección ─ admiraba Verónica, llevada por su deformación profesional ─ Deben pasarse horas delante del espejo y gastar un montón de gomina hasta conseguir que no se mueva un solo pelo ─ pensaba con asombro. Menos mal que no todos eran tan extravagantes, esos se conformaban con raparse sólo un lado de la cabeza o, dejando caer el susodicho mechón central a su libre albedrío.
En cualquier caso, ese peinado junto con el atrezo de pantalones pitillo a cuadros, camisetas anchas y cazadoras con tachuelas, constituía un look totalmente transgresor.
Pisaban fuerte con las botas estilo militar que completaban el atuendo, como pidiendo guerra, sobre todo si lo acompañaban con adornos como gargantillas y pulseras de pinchos o, cadenas que sujetas a las trabillas del pantalón colgaban hasta las rodillas, titilando al andar.
El aspecto engañosamente desaliñado junto con una actitud chulesca, recreaba una puesta en escena perfecta para llamar la atención quizá, con la intención de amedrentar a todos los ajenos a ese movimiento juvenil. Bueno, a todos no, porque en el caso de Verónica producían justo el efecto contrario. A ella, seguramente debido a su natural rebeldía, le atraían como un imán.
─ Urge cambiar de imagen ─ anotó decidida en su lista mental de cosas pendientes.
Nada más bajarse del tren en la estación de Chamartín, pudo percibir con regocijo más que asombro, el bullicio de la capital.
A pesar de ser un día claro, el cielo estaba falto de azul, como si alguien le hubiese colocado un velo para que no luciese en todo su esplendor.
Se quitó el walkman en el que escuchaba a Antonio Flores cantar “Pongamos que hablo de Madrid”, para oír mejor la banda sonora que le acompañaría a partir de ese momento.
Coches pitando unos a otros en una sinfonía caótica ─ ¿Por qué pitarán tanto? ─ se preguntaba incrédula ─ Como si así fueran a exorcizar el tráfico ─ ironizaba divertida.
Gente caminando en todas direcciones casi sin mirarse ─ Andan tan deprisa, que parece que más que andar leviten ─ sonreía burlona.
A la asombrada mirada de Verónica, se le antojaba que casi no posaban un pie en el suelo para adelantar el otro. Sobre todo al echar a correr para no perder el autobús que, en ese preciso instante frenaba bruscamente en su parada, provocando con ello que los frenos chirriaran hasta dar dentera. Los urbanitas, a juzgar por su reacción, o mejor dicho, su falta de ella, parecieron no percibir el estridente sonido. Tampoco advirtieron el humo negruzco del tubo de escape. Desagradable obsequio del conductor a todos los presentes al arrancar de nuevo el bus. Acompañándolo, como no podía ser de otra manera, de ese olor mezcla de asfalto y aceites quemados.
─ No entiendo que nadie lo aprecie ─ pensó, a la vez que se tapaba nariz y boca con la mano ─ Estarán acostumbrados ─ se encogió de hombros ─ Pues éste es el aroma que me ha estado siguiendo desde que bajé del tren.
El aire que envolvía Madrid no era tan sano como el de su pueblo, sin duda era mucho más viciado, pero a cambio le permitía respirar libertad y oportunidades. Algo de lo que carecía en su tierra natal.
Había viajado hasta aquí para alcanzar su sueño. Llegar a ser una reconocida alpinista.
Deseaba que todos en su aldea se sintieran orgullosos de sus proezas, sobre todo su madre, a la que había dejado en la estación de partida con lágrimas en los ojos.
Aún no sabía cómo, pero estaba segura de lograrlo. Poseía un tesón inquebrantable innato en ella, fortalecido y entrenado todos esos años atrás escalando árboles y pequeñas montañas, casi siempre en contra de la opinión de los demás.
Estaba dando el primer paso, sólo quedaba ascender hasta la cumbre.
Todos tenemos sueños y todos podemos cumplirlos si nos lo proponemos en serio. Es tiempo de soñar. Verónica, la protagonista de ésta historia, soñaba con algo casi imposible, pero su tesón le ayudó a lograrlo.
ResponderEliminarSe acerca la Navidad y como es una época del año propicia para soñar, hagámoslo, soñemos y hagamos lo posible para que nuestros sueños se cumplan.
Espero que os guste.
Feliz Navidad a todos
Besitos
Conchi
Un bonito relato, escribir te libera, y te llena de libertad saber que alguien te ha leigo.
ResponderEliminarSuerte
Gracias por leerme y por tu comentario. Me alegra mucho que te haya gustado. Pásate por aquí siempre que quieras, serás muy bienvenid@.
EliminarGracias y hasta pronto
Gran relato,seguramente alcanzó el sueño de escalar cumbres tal y como describes parece tan real que me parece estar en el maremagnun de la ciudad con sus ruidos y olores.
ResponderEliminarComo se dice a los artistas y tú de una manera u otra lo eres , considérame tu "fan".
Rufino
Gracias por tu comentario Rufino. Desde luego que consiguió llegar a la cima más de una vez. Con esfuerzo y tesón, el ser humano es capaz de todo. Sólo hace falta soñar un poco y creer en nosotros mismos.
EliminarMe enorgullece tener como amigos a gente como tú.
Conchi
Me gusta el contraste narrativo que hay entre la historia, en Madrid, que va hacia adelante, mientras ella se empeña en ir hacia arriba.
ResponderEliminarDABID.
Gracias David por leerme de nuevo. El contraste del que hablas, realmente no existe como tal, pues al fin y el cabo, lo que ella sobretodo pretende es avanzar y si lo piensas bien, ir hacia adelante para luego subir hasta la cumbre, es avanzar.
EliminarConchi