Para que todos me conozcan, me presentaré. Me llamo Antonio, Gómez por parte de padre y Serrano por parte de madre, nací en el año 1940, en un pueblo de la Sierra de Segura en la provincia de Jaén. Soy el quinto de una familia numerosa de seis hermanos.
Mi padre, de nombre Miguel como su padre, poseía un pequeño horno de pan heredado de mi abuelo, en el cual trabajaba y del que vivíamos toda la familia.
En aquella época no había maquinaria alguna que facilitara la labor, todo era artesanal y hecho a mano. Era un proceso lento y laborioso, por ello, mi padre y mis tres hermanos mayores, hacia las dos o tres de la madrugada comenzaban a amasar el pan y otras delicias. Tras dejar reposar la masa el tiempo estipulado para que creciera, lo cocían en el horno de leña y así, pasadas unas cinco o seis horas de duro trabajo, un día tras otro todos los días de año fueran festivos o no, a primera hora de la mañana sin falta tal era su costumbre, las paisanas podían abastecerse del género necesario para el día. Pan recién hecho, tortas de manteca, algún dulce de vez en cuando y en las fiestas patronales, el famoso hornazo o bollo preñao, que como su nombre indica, se trataba de un bollo de pan recién hecho relleno de chorizo de orza, muy típico en el pueblo.
A simple vista, la panadería a la cual se accedía a través de una simple puerta de madera, no se distinguía en nada de cualquier otra casa de la calle, pues no tenía escaparates ni cristal alguno que mostrara desde fuera los manjares escondidos en su interior. La única pista que dejaba al descubierto su verdadera identidad era proporcionada por la corriente de aire producida entre el tragaluz del fondo del obrador y la puerta de entrada entreabierta, la cual servía de vehículo de escape al sabroso aroma a pan y bollería recién horneada que inundaba todo el vecindario. El verdadero escaparate del negocio era el mostrador, situado a unos cuatro o cinco pasos de la entrada a la tahona, con el pan muy bien colocado, a la izquierda los panes de pueblo, roscas y barras de pan de leña y a la derecha, las tortas de manteca con azúcar, las magdalenas y otros dulces. Al entrar, el aroma percibido en la calle, se hacía más intenso y agradable, te envolvía los sentidos igual que una cálida manta en invierno. Si cierro los ojos, aún hoy flotan en mi pituitaria el olor a harina recién cocida, mezclada con un dulce olor a canela, vainilla, azúcar y huevos, materia prima necesaria para elaborar los productos.
Las encargadas de que la tahona luciera ese lustre eran mi madre y mi hermana Rosa, la cuarta por orden de nacimiento. Las recuerdo con el delantal blanco, como la cal que cubría la fachada de las casas del pueblo tal como es costumbre en Andalucía, para que, según decía mi madre, la gente al entrar sintiera que estaba en una panadería de lujo como esas que debía haber en la capital y así, se animara a seguir comprando. La villa iba creciendo y la competencia cada vez se hacía más patente, por eso no había que descuidar a la clientela. Mi hermana junto con mi madre, formaban un equipo infalible. Independientemente de los problemas o estados de ánimo que les pesaran, siempre tenían una gran sonrisa en la cara y una palabra amable para todo el que se acercaba por allí, ya fuera a comprar o a pagar lo que se debía, pues eran tiempos difíciles para todos y la mayoría compraba por fiado y cuando podían iban liquidando las cuentas.
Mi hermana María y yo, éramos los más pequeños, pero no por ese orden, pues yo le adelantaba por once meses. Cuando llegaban las nueve de la mañana, después de desayunar un tazón de leche con magdalenas recién horneadas, nos íbamos a la escuela, no sin antes franquear el improvisado puesto de aduana en el que se convertía el quicio de la puerta de entrada a casa, que por cierto, era el mismo por el que se entraba a la panadería, y allí, hubiera vecinas esperando para ser atendidas o no, mi madre, tal como haría un general del ejército con su tropa, esperaba para pasarnos revista y asegurarse que fuéramos bien vestidos, peinados y aseados. Una vez comprobado el buen estado de su pequeño pelotón, nos daba con ritmo casi marcial, un beso de despedida en la mejilla izquierda y en la mano derecha, una pequeña tarterita de metal con el almuerzo para el recreo, el cual consistía en una más que energética torta de manteca, nuestra preferida, con mucho azúcar por encima para reponer fuerzas, pues según una letanía repetida por mi madre una y otra vez, y de la que nosotros nos burlábamos repitiendo como un eco a coro para hacerle de rabiar, "los maestros tenían la obligación de alimentar nuestra mente, pero ella, nuestro estómago".
Así fue transcurriendo mi infancia, entre panes, tortas y otros dulces manjares, pero lo que más recuerdo son las ganas que tenía que llegara el primer domingo de cada mes, pues era el día que en el cine del pueblo estrenaban películas. Se llamaba “Cine Regio”, y no tenía nada que envidiar a los cines de ninguna capital de provincia, con sus palcos y sus butacas de terciopelo rojo.
Mi padre, de nombre Miguel como su padre, poseía un pequeño horno de pan heredado de mi abuelo, en el cual trabajaba y del que vivíamos toda la familia.
En aquella época no había maquinaria alguna que facilitara la labor, todo era artesanal y hecho a mano. Era un proceso lento y laborioso, por ello, mi padre y mis tres hermanos mayores, hacia las dos o tres de la madrugada comenzaban a amasar el pan y otras delicias. Tras dejar reposar la masa el tiempo estipulado para que creciera, lo cocían en el horno de leña y así, pasadas unas cinco o seis horas de duro trabajo, un día tras otro todos los días de año fueran festivos o no, a primera hora de la mañana sin falta tal era su costumbre, las paisanas podían abastecerse del género necesario para el día. Pan recién hecho, tortas de manteca, algún dulce de vez en cuando y en las fiestas patronales, el famoso hornazo o bollo preñao, que como su nombre indica, se trataba de un bollo de pan recién hecho relleno de chorizo de orza, muy típico en el pueblo.
A simple vista, la panadería a la cual se accedía a través de una simple puerta de madera, no se distinguía en nada de cualquier otra casa de la calle, pues no tenía escaparates ni cristal alguno que mostrara desde fuera los manjares escondidos en su interior. La única pista que dejaba al descubierto su verdadera identidad era proporcionada por la corriente de aire producida entre el tragaluz del fondo del obrador y la puerta de entrada entreabierta, la cual servía de vehículo de escape al sabroso aroma a pan y bollería recién horneada que inundaba todo el vecindario. El verdadero escaparate del negocio era el mostrador, situado a unos cuatro o cinco pasos de la entrada a la tahona, con el pan muy bien colocado, a la izquierda los panes de pueblo, roscas y barras de pan de leña y a la derecha, las tortas de manteca con azúcar, las magdalenas y otros dulces. Al entrar, el aroma percibido en la calle, se hacía más intenso y agradable, te envolvía los sentidos igual que una cálida manta en invierno. Si cierro los ojos, aún hoy flotan en mi pituitaria el olor a harina recién cocida, mezclada con un dulce olor a canela, vainilla, azúcar y huevos, materia prima necesaria para elaborar los productos.
Las encargadas de que la tahona luciera ese lustre eran mi madre y mi hermana Rosa, la cuarta por orden de nacimiento. Las recuerdo con el delantal blanco, como la cal que cubría la fachada de las casas del pueblo tal como es costumbre en Andalucía, para que, según decía mi madre, la gente al entrar sintiera que estaba en una panadería de lujo como esas que debía haber en la capital y así, se animara a seguir comprando. La villa iba creciendo y la competencia cada vez se hacía más patente, por eso no había que descuidar a la clientela. Mi hermana junto con mi madre, formaban un equipo infalible. Independientemente de los problemas o estados de ánimo que les pesaran, siempre tenían una gran sonrisa en la cara y una palabra amable para todo el que se acercaba por allí, ya fuera a comprar o a pagar lo que se debía, pues eran tiempos difíciles para todos y la mayoría compraba por fiado y cuando podían iban liquidando las cuentas.
Mi hermana María y yo, éramos los más pequeños, pero no por ese orden, pues yo le adelantaba por once meses. Cuando llegaban las nueve de la mañana, después de desayunar un tazón de leche con magdalenas recién horneadas, nos íbamos a la escuela, no sin antes franquear el improvisado puesto de aduana en el que se convertía el quicio de la puerta de entrada a casa, que por cierto, era el mismo por el que se entraba a la panadería, y allí, hubiera vecinas esperando para ser atendidas o no, mi madre, tal como haría un general del ejército con su tropa, esperaba para pasarnos revista y asegurarse que fuéramos bien vestidos, peinados y aseados. Una vez comprobado el buen estado de su pequeño pelotón, nos daba con ritmo casi marcial, un beso de despedida en la mejilla izquierda y en la mano derecha, una pequeña tarterita de metal con el almuerzo para el recreo, el cual consistía en una más que energética torta de manteca, nuestra preferida, con mucho azúcar por encima para reponer fuerzas, pues según una letanía repetida por mi madre una y otra vez, y de la que nosotros nos burlábamos repitiendo como un eco a coro para hacerle de rabiar, "los maestros tenían la obligación de alimentar nuestra mente, pero ella, nuestro estómago".
Así fue transcurriendo mi infancia, entre panes, tortas y otros dulces manjares, pero lo que más recuerdo son las ganas que tenía que llegara el primer domingo de cada mes, pues era el día que en el cine del pueblo estrenaban películas. Se llamaba “Cine Regio”, y no tenía nada que envidiar a los cines de ninguna capital de provincia, con sus palcos y sus butacas de terciopelo rojo.
Estaba situado en una de las avenidas principales del pueblo, al lado de la plaza del Ayuntamiento, que popularmente era conocida como “La Calle del Cine”, puesto que allí se ubicaba la fábrica de sueños, donde por el módico precio de una peseta, un niño podía entrar y al menos durante dos horas sentarse cómodamente e imaginar que era un galán de película como Humphrey Bogart en “Casablanca” o un valiente soldado del séptimo de caballería como John Wayne en la película “Río Bravo”, defendiendo un fuerte del ataque de los apaches. Cuántas aventuras vividas y cuántas ilusiones creadas en la imaginación de un chaval de trece años fantasioso y deseoso de vivir sueños nuevos cada día.
Pero no sólo me gustaba ir al cine por las películas, sino porque a fuerza de ir todos los domingos que podía, me había hecho amigo de Don José, el acomodador del cine.
Don José rondaba los cuarenta años, al andar arrastraba su pierna derecha, pues era cojo, por lo visto le habían herido en la guerra y le había quedado esa secuela. Aparentemente era un hombre serio y con semblante triste, lo cual le hacía aparentar más edad de la que tenía en realidad.
La gente del pueblo le criticaba, las malas lenguas decían que siempre esperaba que le dieran propina y si no se la daban ponía mala cara y se iba refunfuñando, no sin antes echarte una mirada acusadora. Pero ya se sabe cómo es la gente de los pueblos, les gusta chismorrear y hablar más de la cuenta sobre todo cuando no tienen nada que contar, aprovechan a inventarse historias cuanto más exageradas mejor con tal de no estar callados. No en vano se dice que es el deporte nacional y en aquella época en la que las distracciones no eran muchas, más todavía.
Don José no hacía caso de todas las habladurías, decía que si no se les prestaba atención pronto se aburrirían y le dejarían en paz. Era muy profesional en su oficio y siempre tenía una sonrisa y una palabra amable para todos.
A pesar de dar la impresión a primera vista de ser un hombre cómodo en su soledad, cuando lo conocías de verdad era bastante cercano en el trato, tenía un gran corazón y era muy buena persona.
A mí me cogió bastante aprecio y siempre me guardaba el mejor asiento, en primera fila para que nadie me molestara delante, incluso alguna vez que mi madre no podía darme dinero para la entrada, él me dejaba pasar sin pagar. Esperábamos a que hubiese entrado todo el público y cuando ya apagaban todas las luces de la sala, justo en el momento en que aparecían las letras del NODO, me colaba por la puerta trasera del cine y me sentaba en una butaca al lado del pasillo, junto a la puerta donde él se situaba por si entraba alguien más una vez empezada la película.
Don José rondaba los cuarenta años, al andar arrastraba su pierna derecha, pues era cojo, por lo visto le habían herido en la guerra y le había quedado esa secuela. Aparentemente era un hombre serio y con semblante triste, lo cual le hacía aparentar más edad de la que tenía en realidad.
La gente del pueblo le criticaba, las malas lenguas decían que siempre esperaba que le dieran propina y si no se la daban ponía mala cara y se iba refunfuñando, no sin antes echarte una mirada acusadora. Pero ya se sabe cómo es la gente de los pueblos, les gusta chismorrear y hablar más de la cuenta sobre todo cuando no tienen nada que contar, aprovechan a inventarse historias cuanto más exageradas mejor con tal de no estar callados. No en vano se dice que es el deporte nacional y en aquella época en la que las distracciones no eran muchas, más todavía.
Don José no hacía caso de todas las habladurías, decía que si no se les prestaba atención pronto se aburrirían y le dejarían en paz. Era muy profesional en su oficio y siempre tenía una sonrisa y una palabra amable para todos.
A pesar de dar la impresión a primera vista de ser un hombre cómodo en su soledad, cuando lo conocías de verdad era bastante cercano en el trato, tenía un gran corazón y era muy buena persona.
A mí me cogió bastante aprecio y siempre me guardaba el mejor asiento, en primera fila para que nadie me molestara delante, incluso alguna vez que mi madre no podía darme dinero para la entrada, él me dejaba pasar sin pagar. Esperábamos a que hubiese entrado todo el público y cuando ya apagaban todas las luces de la sala, justo en el momento en que aparecían las letras del NODO, me colaba por la puerta trasera del cine y me sentaba en una butaca al lado del pasillo, junto a la puerta donde él se situaba por si entraba alguien más una vez empezada la película.
Con el tiempo fuimos cogiendo confianza y un día le confesé que cuando fuera un poco más mayor me iría del pueblo, puesto que no deseaba seguir la tradición familiar de ser panadero, como mi padre y mis hermanos.
Le dije que quería ser actor, así que iría a Madrid o a cualquier parte donde hiciera falta, para vivir mis propias aventuras y ver cumplidos todos mis sueños. En ese momento él esbozó una sonrisa un poco nostálgica, me miró y me dijo:
─ Muchacho, me recuerdas a alguien que conocí cuando era joven
Asombrado, le pregunté
─ ¿A quién?
Y con una mirada triste, pero a la vez llena de dulzura, como sólo saben mirar los abuelos a sus nietos, me contestó:
─A mí mismo
En ese momento no supe qué contestarle y al cabo de un rato le pregunté de nuevo
─ ¿Por qué sigues aquí de acomodador?
Entonces me contó que él había tenido esos mismos sueños cuando era niño. Lo mucho que disfrutaba de pequeño viendo las películas de Charlie Chaplin, en una época en la que la mayoría de las películas eran mudas, todavía no había sala de cine y la única forma de poder disfrutar de ese invento era durante el verano, cuando pasaban por el pueblo los del cine ambulante y proyectaban las películas justo en el mismo solar donde ahora se ubicaba el Regio templo de ilusiones y la gente acudía a verlas con sus sillas de enea, dispuestos a reír y olvidarse durante un rato de los problemas cotidianos.
Sin embargo, estalló la guerra civil y con veintitrés años tuvo que ir al frente a luchar. Ese aciago acontecimiento acabó con todas sus ilusiones y sueños juveniles, igual que un huracán arrasa con todo lo que se encuentra a su paso.
Cuando volvió, cojo de la pierna derecha debido a una bala enemiga y con el alma herida debido a todo el horror sufrido, pensó que ya se le había hecho tarde, además, ya tenía cerca de treinta años y no era hora de perseguir sueños.
Se marchó a Madrid y trabajó en todo lo que pudo, de dependiente en una ferretería, de conserje en un colegio... y con el paso del tiempo fue curando sus heridas y siguiendo su camino, sin pensar mucho en las ilusiones perdidas.
Cuando se enteró que en el pueblo inauguraban el “Cine Regio”, de esto hacía ya tres años, se volvió a avivar la llama que había permanecido oculta, aunque latente en el fondo de su corazón y sin pensárselo dos veces, abandonó Madrid y se volvió al pueblo, dispuesto a colocarse en el cine, puesto que pensó que aunque no había podido ser actor, bien podía formar parte del engranaje de ese mundo, aunque fuera de acomodador de cine, un empleo bastante adecuado a su condición física y no desprovisto de cierto romanticismo.
Cuando se enteró que en el pueblo inauguraban el “Cine Regio”, de esto hacía ya tres años, se volvió a avivar la llama que había permanecido oculta, aunque latente en el fondo de su corazón y sin pensárselo dos veces, abandonó Madrid y se volvió al pueblo, dispuesto a colocarse en el cine, puesto que pensó que aunque no había podido ser actor, bien podía formar parte del engranaje de ese mundo, aunque fuera de acomodador de cine, un empleo bastante adecuado a su condición física y no desprovisto de cierto romanticismo.
Toda esa conversación en mi mente de joven adolescente, lejos de desanimarme, me hizo reafirmarme en mis propósitos y no desperdiciar ni un solo momento de mi vida, así tres años más tarde, recién cumplidos los dieciséis, me marché a Madrid, dispuesto a vivir mi aventura cinematográfica.
Como seguramente ya habrán supuesto, no conseguí mi propósito, puesto que contrariamente a lo que yo suponía no tenía dotes de actor y además no era tan fácil sumergirse en ese mundo que, detrás de sus luces y bambalinas esconde una cara amarga llena de obstáculos difíciles de saltar, sobre todo, para un chico de provincias que llegó a Madrid con la maleta llena de fantasías, pero sin un duro y debía buscarse la vida como podía para salir adelante.
Sin embargo, no piensen que me dejé vencer fácilmente por las vicisitudes que me deparaba la vida. Cuando sentía que el ánimo me abandonaba, me acordaba de mi amigo Don José el acomodador, y buscaba una puerta para poder salir adelante. Así siguiendo su ejemplo, me ganaba la vida como podía, conseguí colocarme en un fábrica de calzado y por la noche acudía a una escuela nocturna para sacarme el Bachillerato, el cual había dejado sin terminar al salir del pueblo tan joven.
Sin embargo, no piensen que me dejé vencer fácilmente por las vicisitudes que me deparaba la vida. Cuando sentía que el ánimo me abandonaba, me acordaba de mi amigo Don José el acomodador, y buscaba una puerta para poder salir adelante. Así siguiendo su ejemplo, me ganaba la vida como podía, conseguí colocarme en un fábrica de calzado y por la noche acudía a una escuela nocturna para sacarme el Bachillerato, el cual había dejado sin terminar al salir del pueblo tan joven.
Cuando terminé el Bachillerato me matriculé en la Escuela Oficial de Cine, inaugurada en 1962, esperaba poder llegar a ser alguien, un productor o un director quizá ¿porqué no?, puse todo mi empeño y dedicación en conseguir lo que quería y sorprendentemente descubrí que tenía dotes para ser guionista de cine.
Así fue cómo, animado por mis profesores en el año 1968 me presenté al concurso anual de “Jóvenes guionistas” organizado por la propia escuela, y gané el primer premio, con él obtuve una beca de 10.000 pesetas para seguir estudiando y la posibilidad de poder participar como ayudante de guionista en la próxima película de uno de los directores más importantes del momento.
Así fueron mis comienzos en la meca del cine español, en la cual seguí trabajando con los altibajos pertinentes, hasta hace dos años, momento en que me jubilé después de 40 años de profesión, y mis sueños completamente cumplidos.
Así fue cómo, animado por mis profesores en el año 1968 me presenté al concurso anual de “Jóvenes guionistas” organizado por la propia escuela, y gané el primer premio, con él obtuve una beca de 10.000 pesetas para seguir estudiando y la posibilidad de poder participar como ayudante de guionista en la próxima película de uno de los directores más importantes del momento.
Así fueron mis comienzos en la meca del cine español, en la cual seguí trabajando con los altibajos pertinentes, hasta hace dos años, momento en que me jubilé después de 40 años de profesión, y mis sueños completamente cumplidos.
Ahora con el paso del tiempo, cuando echo la vista atrás, siempre me acuerdo de Don José, ese acomodador de cine de pueblo, que seguramente con sus palabras y su ejemplo, me enseñó la que fuera la lección más importante de mi vida:
─Sigue tus sueños por descabellados que parezcan y no te rindas nunca, siempre habrá un camino que seguir para llevarte hasta ellos”.
Desde aquí mi agradecimiento a Don José, un simple acomodador de cine, una gran persona, pero sobre todo un gran amigo.
Hola a todos de nuevo. Aunque debido a causas ajenas a mi voluntad he faltado a mi compromiso mensual de colgar un relato al mes, no me he olvidado de los que me leéis así que vuelvo éste mes con un relato sobre la amistad y la importancia de no olvidarnos de las personas que el destino o la vida nos pone en nuestro camino y que con su ejemplo pueden ayudarnos a encontrar nuestro camino.
ResponderEliminarTampoco debemos olvidar nuestras raíces y lleguemos a donde lleguemos en el largo recorrido de nuestra vida, no nos podemos olvidar nunca de dónde venimos pues eso es lo que nos hace ser lo que somos.
Por eso aunque mi historia no tiene nada que ver con la del protagonista he querido hacer un homenaje a mis abuelos y mis padres, pues para los que no lo sepáis, yo he nacido en Madrid y aquí es donde vivo, pero mis raíces tanto maternas como paternas están en Jaén y mi abuelo era panadero y tenía una tahona en el pueblo, en donde todos, incluido mi padre arrimaban el hombro para salir adelante.
Un beso a todos y con vuestro permiso, sobre todo a mis padres, pues se que se emocionaran con los recuerdos que les inspirará éste cuento.
Espero que os guste
Conchi Martínez
Esta muy bien el relato,quizá algo triste pero así fueron las cosas en aquella época aunque lógicamente no para todo el mundo,en definitiva si alguien tenía una tahona por lo menos el pan estaba seguro.La vida fue dura para personas qué no les llegaba ni el pan.
ResponderEliminarYo lo miro como una ficción-realidad,las vicisitudes de los españoles fueron de todos los estilos y formas.Esperemos que no vuelva de nuevo aquello.
Hola Rufino, gracias por pasarte por mi Casar y dejar tu comentario, sabes que me ayuda muchísimos a avanzar.
EliminarComo bien dices es un relato algo nostálgico, pero la vida es así y los recuerdos la mayoría de las veces se envuelven en nostalgia.Pero sobre todo es un canto a la amistad y a las raíces de las que procedemos, es lo que nos hace ser como somos.
Jo...er, Conchi, este relato costumbrista, porque está muy bien escrito, a pesar de que he visto un par de faltas, dobles espacios y alguna coma que hacía falta.La historia en sí, aunque bonita, no aporta gran cosa, pero, como ya te he dicho antes, al estar tan bien narrado, hace que sea un gran homenaje.
ResponderEliminarUna vez más, te digo lo de siempre, y es que todavía podría dar más de sí, si algún día lo quieres retomar y ampliarlo, y la prueba está en la larga descripción, del principio, de la panadería, que para nada se hace larga. Podrías darle el mismo tratamiento a la parte del cine y al final. Pero vamos, que esto solo es una apreciación mía. A lo mejor es envidia cochina, porque tú tienes una mayor capacidad para escribir historias largas que yo, que también quería ser guionista o director de cine, y terminé siendo proyeccionista.
Un besote.
Hola David, ante todo gracias por tu aportación sobre el estilo narrativo. Qué decirte. Por tu comentario veo que te ha gustado y te ha tocado la fibra un poquito. Esa es su aportación más valiosa, que de alguna forma te haya hecho recordar que tú también tenías sueños que cumplir y desde aquí sólo decirte que nunca es tarde. O es que acaso tú no escribes?. Los dos sabemos que sí.
EliminarMe gusta que no te haya parecido larga ni pesada la descripción de la panadería, es lo que más temo al escribir, perderme entre las ramas y olvidarme del bosque, porque es muy difícil regresar al inicio. De ahí el enorme esfuerzo de sucesivas correcciones, causa inequívoca de que se pase algún que otro gazapo en la transcripción. Ya sabes, soy humana como todos y cometo errores, no lo puedo remediar.
Besitos mil