Primer día de Octubre, el verano
definitivamente se ha acabado, hoy comienza el nuevo curso en el instituto.
Ana, una chica de 16 años, con la
cabeza llena de ilusiones y sueños por cumplir, aparentemente un poco tímida,
pero muy presumida y resuelta cuando se propone algo, está en su habitación.
Parece que la hubieran clavado delante del armario, en su cara se dibuja esa
expresión entre duda y fastidio, típica en las adolescentes cuando tienen que
tomar una decisión vital para ellas.
A
simple vista parece tranquila, pero esa ceja derecha subida, gesto heredado de
su padre y que según cuenta su madre con entusiasmo desmedido fue la forma de saludarla
el día que nació, la delata. Está nerviosa, siente que su estómago se mueve
como si estuviera dentro de una montaña rusa, seguramente está eligiendo la
ropa que se va a poner.
Hoy es un día muy importante, significa
el reencuentro con los amigos del curso pasado y quién sabe, a lo mejor habrá
chicos nuevos a los que conocer. Además, pasa a bachillerato, sin duda esa es una
etapa nueva en su vida, deja de estar en
el grupo de los más pequeños para pasar
al de los mayores y no quiere que la vean todavía como si fuera una niña, sino
como una de las chicas más guapas del instituto.
Después de pasar un buen rato
probándose ropa. Dejando el armario como si hubiera pasado un ciclón por él y
la habitación hecha “una leonera”
como diría su madre, por fin se decide.
Se pondrá ese pantalón vaquero pitillo que le
sienta tan bien y esa camiseta un poco escotada que no enseña nada, pero sin
embargo invita a soñar. La cual no le
gusta a su padre, pero ya se sabe, él sigue pensando que todavía es la niña
pequeña que le esperaba despierta todas las noches para que le leyera un cuento
antes de dormir, aunque la verdad es que ahora es ella la que quiere vivir esos
cuentos y no desea que nadie se los cuente.
Ataviada con su mejores galas y una
expresión en la cara que denota cierta ilusión pero bastante inseguridad, sale
a la calle, no sin antes echar una ojeada al cielo pensando .– menos mal que no llueve, sino la media hora
larga que he pasado delante del espejo
planchándome el pelo, no me hubiesen servido de nada –.
Al llegar al insti ve a Julia, su mejor
amiga desde la infancia, lo saben todo la una de la otra, sus temores, sus
ilusiones, sus secretos…, viene corriendo hacia ella, con una gran sonrisa
esculpida en su cara, al llegar a su altura con gran exaltación le dice. – Ana tía, he mirado las listas de las clases
y nos ha vuelto a tocar juntas, qué guay ¿verdad? –
Ana, le devuelve la sonrisa, arquea la
ceja y con el mismo entusiasmo, le contesta. – ¡No me lo puedo creer, que suerte, esto hay que celebrarlo ¡–.
Se abrazan y se ponen a dar saltos de
alegría como si estuvieran celebrando la victoria de su equipo de fútbol
favorito.
Sin que se dieran cuenta, alguien se
les acerca y les pregunta. – ¿qué se celebra? – ellas, sobresaltadas, se dan la vuelta, es su amigo
Víctor un compañero de clase con el que se llevan muy bien, un chico alto, moreno
con ojos azules, muy extrovertido y simpático, y que, aunque él todavía no lo
sabe, tiene a todas las chicas locas por
él, lo cual le hace todavía más deseable, aunque por esa misma razón, algo
probablemente inalcanzable.
Le dan la buena noticia, pero se dan
cuenta que no viene solo, le acompaña una chica que ellas no conocen, es
también morena, con ojos azules como él y muy guapa, aunque parece algo más
pequeña que ellas.
Con la curiosidad que delata esa ceja
inquieta y tal vez un poco de miedo en
la voz, Ana le pregunta. – ¿No nos vas a presentar a tu amiga? –– Sí claro, ésta es Elena, mi hermana, es
nueva en el insti, hemos venido juntos por ser el primer día – contesta
Víctor con aire distraído.
Ana y Julia cruzan una mirada cómplice
y suspiran aliviadas. Le dan la bienvenida al grupo y se ponen en marcha para
entrar en las clases.
Con disimulo, para que no se enteren los
demás, Julia se acerca al oído de su
amiga y en voz baja le dice. – Bueno,
después de todo, parece que no está todo perdido –
Ana mira de soslayo a su primer amor, por un
momento se cruzan sus miradas, parecen distintas en los dos, siente que se le
acelera el corazón y en su estómago empiezan a volar una bandada de mariposas.
Con la ilusión adolescente en la mirada, se
vuelve hacia su amiga, alza la ceja y con gesto decidido le dice. – Creo que tienes razón, todavía puedo
conseguirlo –
Con paso firme y una pícara sonrisa dibujada
en la cara, se dirige hacia la entrada dispuesta a lograr lo que más desea, hacer que ese curso sea inolvidable.
Estrenar un nuevo curso es casi como estrenar un nuevo año, todo puede pasar, muchos son los retos que nos proponemos, unos se cumplirán y otros no, pero lo que nunca hay que perder es la ilusión que nos lleva a cambiar las cosas y conseguir lo que nos proponemos. Así nos lo muestra nuestra adolescente protagonista.
ResponderEliminarBesitos a todos
Hola Conchi. Tienes el arte de despertar recuerdos y ponernos muy bien en situación . Me encanta que compartas tus relatos. UN BE
ResponderEliminarSO GUAPA
MARI.SOL
A mí me encanta que te gusten y disfrutes con ellos. Gracias por tu apoyo incondicional.
EliminarUn fuerte abrazo.
Conchi