martes, 16 de diciembre de 2014

UNA NUEVA VIDA PARA CARLOS

Todos sabemos que el primer día de colegio, es un día de nervios para cualquier niño.
Sin embargo para Carlos, aunque ya tiene diez años cumplidos, es algo más. Los temblores de sus piernas al cruzar el umbral de la puerta están totalmente justificados pues, para él no es sólo el primer día de clase después de las vacaciones estivales, sino su primer día en un colegio nuevo, donde no conoce a nadie.
En realidad no sólo es nuevo en el colegio, sino en su nuevo hogar, un bonito pueblo del norte de España, rodeado de montañas. Hace un mes, sus padres murieron en un trágico accidente de coche, cuando iban a pasar un idílico fin de semana visitando las playas de Santander. Desde entonces vive con sus abuelos maternos, Ángel y Julia los cuales, ocultando su propio dolor, hacen de tripas corazón como se suele decir, para volcarse totalmente en él, dándole todo el amor que son capaces para que la ausencia paterna no sea tan notable y pueda seguir con una vida normal a pesar de la desgracia.
Para Carlos, acostumbrado al ajetreo de Madrid, venirse a vivir a una villa de escasamente 500 habitantes, no está siendo muy fácil. La tranquilidad del pueblo contrasta enormemente con el bullicio de la gran ciudad. Pero sin duda, a pesar del cariño y las atenciones que le muestran sus abuelos, lo que más echa de menos son sus padres.
Los besos de su madre al acostarlo, el olor a manzana de su pelo al abrazarlo. La forma redonda en que el ombligo de su madre asomaba hacia fuera y con el que, según le había contado ella misma numerosas veces, jugueteaba cuando era bebé mientras le acunaba –Debías pensar que era un timbre al que podías llamar sin parar pues, no cesabas de pulsarlo hasta que atendía tu llamada – comentaba su madre divertida cada vez que refería la anécdota.
La extraña tanto… daría cualquier cosa por tener ese timbre a mano y poder llamar para que acuda a su lado, sobre todo cuando se despierta en mitad de la noche y ella no está para susurrarle al oído palabras de ternura con voz suave y amorosa que le calmen y ahuyenten sus pesadillas.


Carlos jugaba en el equipo local de fútbol de su barrio y su padre era el encargado de llevarlo todos los domingos a los partidos. En el campo era su mejor fan, incondicional en todos los partidos y siempre animando desde las gradas, incluso cuando iban perdiendo.
La verdad es que perder era la tónica general de su equipo de fútbol. Irremediablemente casi siempre perdían. Todo por culpa del portero, que era un manta de cuidado. Le habían elegido porque era brasileño, moreno de piel, al cual apodaron Ronaldinho, y supusieron que sería tan bueno como los jugadores de esa selección tan gloriosa en los mundiales. Sin embargo estaba claro que Pepe –ese era su nombre verdadero – no había sido llamado por la senda del éxito futbolero, ya que le colaban todos los goles. Cuando el equipo contrario chutaba a su portería tenía la virtud de tirarse en dirección contraria a la que llegara el balón.
Sin embargo su hermana María sí que era buena metiendo goles. Al principio no la dejaban jugar pues era una niña, pero en cuanto se dieron cuenta de lo buena delantero que era, la ficharon sin dudarlo y por supuesto, le pusieron el sobrenombre de Ronaldinha en honor a su compatriota y salvando la comparación con su hermano.

Todos esos recuerdos se agolpan en la puerta de su memoria llamando sin cesar, por eso hoy se muestra especialmente cabizbajo. Es la primera vez en su vida que su madre no le acompaña al colegio.
Tras despedirse de su abuela con un beso en la mejilla, Carlos entra en la escuela acompañado de los que van a ser sus nuevos compañeros de curso, los cuales, con el bullicio y jaleo normal del primer día de colegio ni siquiera han reparado en él. Al entrar en clase, van tomando posesión de sus pupitres ­–seguramente los mismos que ocuparon el curso pasado – piensa Carlos.
Como él no tiene sitio asignado, decide sentarse en una mesa situada en la última fila, justo al lado de la ventana.
Desde ella se ven los soportales que rodean La Plaza Mayor del pueblo, sujetos a las casas de encima por columnas de piedra.
La galería formada debajo de los pórticos alberga las principales tiendas del pueblo.
La panadería de Magdalena, la cual casualmente tiene nombre de bollo para desayuno. La carnicería de Eusebio, integrante de la 4ª generación de la familia del Toro, larga saga de carniceros. También está Carmen, que regenta la mejor frutería de la región y que, con su eterna risa contagiosa despacha como nadie sus tomates recién cogidos de la mata y las frutas traídas “directamente del árbol a su mesa”, –tal como reseña el rótulo que cuelga del cartel de su establecimiento –.
No nos podemos olvidar la confitería de Mari Luz, una entrañable viejecita, que cada vez que compras una chuche o un pastel te regala un chisme tal como – ¿Sabes?, me han dicho que la hija del Faustino el del Bar de los Torreznos, se casa de penalti – haciendo las delicias de todas las comadres del pueblo. Otras veces, saca su vena cronista y te da una clase de historia, recordando batallitas de la guerra civil, como cuando “los rojos” bombardearon el pueblo y destruyeron el campanario de la iglesia. El cual fue reconstruido allá por los años 50 gracias a las donaciones de la devota gente del lugar.
Pero a pesar de todo eso y quizá gracias a ello no le falta clientela pues, aunque ya debe rondar los 80 años o casi, no tiene quien le iguale en repostería. Sólo asomarte al escaparate es un auténtico festín, las tartas de merengue y chocolate son expuestas como auténticas obras de arte, totalmente irresistibles a los ojos y estómagos de todos los viandantes.
Aunque para ser justos, hay que puntualizar que en la tienda le acompaña su hijo Mateo que debe rondar los 50 años y que en lugar de ir a hacer las Américas como sus cuatro hermanos mayores, tuvo que quedarse en el pueblo y ayudar en el negocio familiar cuando su madre enviudó. Parece feliz, pero de todos es sabido que no ha renunciado a sus sueños y ansía con ilusión la llegada del día en que pueda marcharse a recorrer mundo.
Sueña con viajar y poder asistir a un “Luau” en Hawai y nadar entre delfines en una de sus maravillosas islas. Tomarse un ron de caña de azúcar a orillas de la playa de Santiago de Cuba capital del caribe y cuna del bolero, mientras disfruta del son de su música y hospitalidad de su gente. De allí le gustaría partir a México como hiciera Hernán Cortés allá por el siglo XVI para visitar Chichén Itzá en la provincia del Yucatán, y sentir en carne propia la magia Maya al contemplar con sus ojos como baja la serpiente por el templo de Kukulcán en la puesta de sol de cada equinoccio.
Anejo a todos estos establecimientos, cerrando la plaza se encuentra el Ayuntamiento cuya fachada principal queda justo frente a la puerta principal del colegio, desde donde con sólo levantar la vista un poco hacia el horizonte se divisa el restaurado campanario de la Iglesia de San Agustín patrón del pueblo, situada dos calles más atrás de la casa consistorial.

El alboroto infantil es aplacado cuando la maestra al entrar en clase y colocarse delante de su mesa, da varias palmadas de atención al mismo tiempo que exclama – ¡Silencio, niños! – .
Carlos, que no ha perdido ni un detalle desde que la profesora ha cruzado el umbral de la puerta, asombrado, clama mentalmente –Dios, ¡qué distinta es a mi tutor de Madrid, el bigotudo y severo Don Aquilino! –.
Es una chica joven, él no sabría calcular su edad pero le recuerda a Elena, la niñera de 23 años que le cuidaba algunos sábados cuando sus padres salían de cena. De ella recuerda su simpática sonrisa que dejaba al descubierto unos pequeños dientes blancos. Y sus estrechas muñecas, que sujetaban unas cálidas manos que no escatimaban en mimos y caricias.
– ¿Dónde estará ahora? – se pregunta Carlos. –Seguramente otro niño recibirá sus carantoñas – piensa nostálgico. –Quizá se haya ido de viaje a la India, cumpliendo así su gran sueño – sonríe, alegrándose por ella.
Los vaqueros de su nueva maestra, colocados un poco por debajo de su cintura, dejan entrever un tatuaje en clave de sol pintado en su estrecha cadera –Seguro que le gusta la música, sino no llevaría ese dibujo – cavila Carlos, totalmente fascinado por su nueva profesora.
Al contrario de su antiguo profesor, la señorita Alicia –pues así se ha presentado – tiene un semblante afable y no le hace falta gritar a sus alumnos para mostrar su autoridad, porque se los gana con el cariño. Se nota que conoce a todos ya que tiene una palabra amable para cada uno de ellos – ¡Juan cómo has crecido este verano! –profiere, dirigiéndose a un niño con gafas, que le mira con timidez. –Julia, espero que éste año estudies un poquito más que el pasado ­– apremia a una niña con pecas en la cara, que está sentada delante de él. Así, va saludando a cada uno de sus alumnos.
Al llegar donde está Carlos le dice –tu debes ser el nuevo – y ofreciéndole su mano como guía, comenta –ven conmigo, vamos a presentarte a la clase –.
Así de ésta forma sencilla fue presentado a sus nuevos compañeros. Incluyendo un periquito que tenían de mascota en clase y al que cuidaban entre todos. En fines de semana y en periodos vacacionales se lo llevaban a casa por turnos, empezando por orden alfabético según la lista de clase. Le habían bautizado como “manquito” pues nació con una de sus patitas entre sus alas. Pero al contrario de lo que se pueda pensar era un animalito muy alegre que se divertía columpiándose del techo de su jaula haciendo las delicias de todos los niños.
En el recreo le dejaron jugar de delantero al fútbol. La fortuna quiso que un balón cayera a sus pies y tuviera la oportunidad de encajar un golazo que el portero del equipo contrario no pudo evitar, convirtiéndose así en héroe por un día y posibilitando que sus compañeros siempre le eligieran para jugar en la misma posición. A lo largo de los partidos ganó fama de goleador y por fin logró saborear las mieles del éxito que tan pocas veces había podido probar en Madrid. Así transcurrió su primer día de colegio al cual siguieron muchos más, cada vez más felices.

Ya han pasado diez meses desde que llegó al pueblo. Poco a poco ha hecho más amigos y ha ido conociendo gente nueva. Incluso sus abuelos le han regalado un gato, al cual ha llamado Amedio, puesto que de alguna forma se identifica con Marco el niño de los dibujos animados que aunque por diferentes motivos a los suyos, también se traslada a vivir a otra ciudad y al igual que él conoce a personas que le ayudan a superar sus temores y le animan cada día.
Nunca olvida a sus padres y todas las noches antes de dormirse, mirando la foto que descansa en su mesita de noche les cuenta lo que ha hecho ese día. Todos los amigos que tiene y lo gordito que se está poniendo Amedio, pues se ha acostumbrado a tener el comedero siempre lleno y ha perdido por completo su instinto cazador. Lo único que hace es comer y subirse al alféizar de la ventana para observar la calle con cierto aire majestuoso, como si fuera el guardián del reino subido en su atalaya.
Convencido que desde el más allá ellos le protegen como sus ángeles de la guarda particulares, Carlos les dice que estén tranquilos, pues el cariño de la gente del pueblo junto al amor incondicional y sabio de sus abuelos le permiten seguir adelante y mirar al futuro con optimismo.

3 comentarios:

  1. Al igual que Carlos, todos, en algún momento de nuestra vida necesitamos una segunda oportunidad para ser felices, sin duda un camino largo que se hace más llevadero acompañado de las personas que nos quieren y aquellas nuevas que encontramos en nuestro recorrido, que nos ayudan y nos animan a seguir adelante.
    Espero que os guste.
    Besitos a todos.

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  2. Conchi, ¡precioso!, se sigue perfectamente el hilo conductor, plasmas, muy bien tanto los paisajes , cómo las personas y los olores , ya sabes que eso me gusta mucho de tus relatos y a pesar de empezar siendo una historia triste da un giro y rezuma optimismo. Un cuento precioso para Navidad . Un besazo, guapa
    MARISOL

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    1. Eres mi mejor fan. Muchas gracias. Tus palabras me emocionan y me hace muy feliz que disfrutes con lo que escribo.
      Muchos besos, guapa

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