Miguel, no lo repito más, cuando cuente hasta 3 espero verte sentado para cenar –le advierte Luisa en tono de ultimátum, a su revoltoso hijo de 5 años –.
El niño mira de reojo. La cara poco amigable y la tensión del brazo derecho de su madre apoyado en el quicio de la puerta de su habitación, le hacen intuir que esta vez va en serio. Sin rechistar se dirige al comedor, no sin antes esconder disimuladamente en el bolsillo de la chaqueta del pijama un cochecito rojo metálico del Scalextric, sin que los ojos de su madre se den cuenta, pues están más pendientes de la hora que marca el reloj, que adorna su antebrazo izquierdo, que de sus triquiñuelas.
Luisa camina tras su hijo, vigilando que no se entretenga en el camino. Cuando ve que Miguel se dirige a su silla habitual en la mesa del comedor, regresa a la cocina para terminar de colocar en el plato del niño, unos deliciosos palitos de merluza que sin duda devorará, pues son sus preferidos, rellenos de queso y recubiertos de un crujiente rebozado.
Cuando sale de la cocina llevando en la mano izquierda el vaso de agua de Bob Esponja, a juego con el plato que alberga la cena de su retoño en la mano derecha, el sonido de una cancioncilla repetitiva le advierte de la situación. Como una flecha recorre los escasos dos metros de pasillo que separan la cocina del salón.
Al llegar a él, una corriente de irritación le recorre el cuerpo al ver a su niño dando saltos frente al televisor, cual fan enloquecido en un concierto de rock con las manos en alto y un cochecito rojo metido en la boca, tarareando y bailando como ese cuadrado amarillo con patas que refleja la tele y que se ha convertido en el ídolo indiscutible de su hijo.
Desde ese momento Luisa, implacable, se coloca delante de la pantalla y como si fuera un sargento dando instrucciones a su tropa, empieza a dar órdenes descontando el tiempo.
– ¡Uno!, Miguel sácate ahora mismo ese cochecito de la boca si no quieres que te lo saque yo –. Miguel, que hasta ese momento seguía bailando debajo del mar con Bob Esponja sin sospechar la que le venía encima, para en seco y de un solo bocinazo de su madre emerge a la superficie de la realidad, perdiendo por el camino su Ferrari rojo.
– ¡Dos!, quita de inmediato los dibujos o te quedas castigado sin verlos en lo que te queda de semana –. Al observar la cara encendida de su madre, Miguel se da cuenta de la magnitud de la amenaza y aunque no puede evitar un mohín de disgusto, apaga la tele sin protestar ya que será mucho peor quedarse sin ella durante los cinco días que quedan hasta el domingo.
– ¡Tres!, siéntate a la mesa y empieza a cenar de una vez –. Con paso vacilante, Miguel se coloca en su sitio sin replicar y comienza a meterse en la boca un bocado tras otro hasta dejar el plato vacío, no vaya a ser que su madre le castigue de verdad.
Una vez pasada la tormenta, Luisa más calmada esboza una sonrisa de triunfo. Nada le estropeará su momento de gloria, ni siquiera la certeza de saber que aunque hoy haya ganado la batalla, la guerra no ha terminado, pues mañana le espera otro combate. Es algo que nadie te advierte, pero sin duda, educar a un hijo es lo más parecido a una partida de ajedrez en la que no siempre gana el más fuerte sino, el mejor estratega.
Qué difícil es educar a un niño pequeño, repartiendo cariño y disciplina a dosis iguales. Sin duda todos los que somos padres y madres lo sabemos, al igual que Luisa, protagonista junto con su hijo Miguel de mi nuevo relato. Espero que os guste.
ResponderEliminarUn beso a todos.
Conchi Martínez