jueves, 16 de enero de 2014

EL CAPRICHO

         Sentada en el sofá frente a un estuche portador de ilusiones inconfesables. Gloria de cuarenta y pico y un poquito entrada en carnes se dispone a saborear el momento más ansiado de su insípido día.
         Otra dura jornada más desde que se sometió a los designios de una estricta dieta hipocalórica en la que, sólo se le permite comer alcachofas, pescado hervido y de vez en cuando un poquito de carne a la plancha. Eso sí, todo ello aderezado con grandes dosis de fuerza de voluntad y un poquito de buen humor que le ayude a descargarse esos indeseables kilitos que tan pasados de moda parecen estar.

         Con  las manos temblorosas y los ojos tan chispeantes como los de un niño ante su regalo de cumpleaños,  abre la caja que oculta su secreto y coge un único obsequio.
          Desenvuelve el crujiente papel rojo transparente que sirve de abrigo a otro de color dorado, el cual, a los ojos de Gloria, emite brillos anunciadores de placeres prohibidos.

          Al coger entre sus manos esa bolita de chocolate un poquito más grande que la avellana que contiene dentro, su olfato percibe el delicioso aroma del cacao, preludio del gozo que siente al hincarle el diente y sentir cómo el chocolate se derrite en el calor de su boca.  El crujido del bombón masticado es música celestial para sus oídos.
          En ese instante, cierra los ojos y deja que todo su ser se deleite con ese pequeño orgasmo para los sentidos que, por un breve espacio de tiempo y con ayuda de sus papilas gustativas, le traslada a un mundo de sabores vedados para ella, empero precisamente por ello más anhelados que nunca.

         Prisionera de su dieta, ésta es la única trasgresión que ejecuta pues sabe que, al asomarse cada noche por esa ventana está pisando terreno pantanoso y un solo tropiezo le haría caer en el universo de la gula, dando al traste con todo su esfuerzo.

         Por eso, una vez disfrutado el momento devuelve la caja a su escondite y, haciendo acopio de una férrea determinación, se dispone a esperar el final del día siguiente para reencontrarse con su pequeño premio, el cual, le hace más llevadero el sacrificio realizado para estar  dentro de los cánones de belleza establecidos.